Camino de Santiago - Una peregrinación hacia el sentido y el origen de nuestra fe

Desde el limes nororiental de la península, entrando por Somport o Roncesvalles; y más allá, desde toda Europa.

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Sin duda que muchos, muchísimos, valoran la labor de la Iglesia en nuestra sociedad porque, a poco que se la mire libre de prejuicios, descubrirán una labor humanizadora y de respeto y rescate de la dignidad de la persona, acorde, justamente, con esa misma dignidad que nada ni nadie nos puede arrebatar.

Siguiendo un itinerario celeste que los antiguos creyeron aspersión de alimento materno en la oscuridad de la noche (Vía Láctea). Transcurriendo a través de una intrincada red de caminos, discurre en febril y silenciosa actividad el
fenómeno espiritual (dejémoslo por ahora ahí) más sorprendente de todo Occidente, y probablemente de todo el mundo. En pleno siglo XXI, a nuestra puerta, delante de nuestros ojos. Y seguramente sin que nos demos apenas  cuenta.

Nos referimos, claro está, al Camino de Santiago, que, en sus diferentes variantes y formas, conduce a quien lo realiza hasta el sepulcro de un apóstol, uno de los íntimos de Jesús, en el Finis terrae galaico.

Aunque el Camino tenga múltiples perspectivas -y eso es bueno-, lo que resulta indudable es el origen y el sentido inequívocamente cristiano de la peregrinación. El origen, pues mucho antes del descubrimiento del sepulcro por el monje Pelagio y el obispo Teodomiro, el primero en hacer el Camino fue el propio Iacobus, con ese ardor apostólico que le impulsó a llevar la fe hasta un territorio tan lejano y desconocido. El sentido, pues solo desde la comprensión
profunda de la piedad popular medieval se explica el éxito de las peregrinaciones y la fabulosa obra de hospitalidad levantada por todo el pueblo cristiano (reyes, nobles, obispos, cabildos, cofradías, particulares).

También cuando se recuperó la peregrinación a mediados del siglo XX, la fe, la Iglesia, siguen en su mismo origen (Manuel Aparici, Elías Valiña, Jaime García, José María Alonso Marroquín, Jenaro Cebrián… por no citar a los vivos), en su organización (itinerarios, señalización), en la creación de una hospitalidad moderna, en la promoción de asociaciones y federaciones jacobeas. Y, en su sentido, acogiendo, apoyando y confortando al verdadero protagonista, que no es otro que cada hombre que camina.

Si la experiencia de todo ser humano es sentirse peregrino hacia otra patria más verdadera, la de quien se encamina hacia Compostela lo hace apoyándose en una tradición que le precede y le ilumina. Lugares, itinerarios, edificios, imágenes, textos, tradiciones, cantos. Cuando un fenómeno es tan completo y tiene tanta trascendencia, deja huella en infinidad de manifestaciones, muchas de ellas con repercusión económica ya desde un origen. Por citar un ejemplo, recordemos el trasiego de estilos y artesanos por la Via Franca entre los siglos XI al XIV.

La mayoría de ese patrimonio inmaterial se generó, y aún permanece así, en manos de la Iglesia. En diálogo con muchos otros, aunque no siempre sea un diálogo cómodo. Mantenerlo no es solo una mera tarea de conservación física y de exposición, como pueda ser la de un museo. Tampoco se trata de un “parque temático medieval”, como algunos puedan pretender. El fin último no es ofrecer al ciudadano del siglo XXI una experiencia historicista ni una
aventura controlada. El fin y el sentido del Camino es, sencillamente, algo mucho más hondo. Es poner al peregrino en comunicación renovada con el tiempo y el espacio, con las cosas, consigo mismo, y en definitiva con Dios. Se dirige a la sed de sentido y de absoluto que hay siempre en todo hombre. Es una apuesta de la Iglesia para permitir que el hombre pueda llegar hasta lo más profundo de sus raíces, de las raíces de un pueblo, de las raíces de Europa. Unas raíces cristianas, que llevan la savia de la fe a todas sus gentes, que la constituyen como es, que le da una identidad.

Mostrar, explicar, escuchar, abrazar, aliviar, bendecir, compartir, consolar. Acciones de una acción de la que, por el simple hecho de situarse en actitud andariega, quien está y quien llega son actores, son cultura viva. Por eso el servicio a la cultura en el Camino es tan complicado, pero a la vez tan sencillo, pues se trata de redescubrir y revivir el sentido de las personas, de las cosas y de los ritos que ya están ahí. Como lo están los pies del caminante. Como los están los grandes ojos de Santiago.

FRANCISCO JAVIER FRESNO CAMPOS
Delegado Diocesano
de Religiosidad Popular de Zamora

 

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