La comunidad del Cenáculo libra a miles de jóvenes de la droga

Era un alma desgarrada, hundida por la soledad, el miedo y la desesperación. Con ese cóctel anímico trató de poner fin a su vida en 2002. La policía llegó a tiempo al hotel. Santiago Fernández lo había tenido todo. Una familia de clase media que lo quería, dinero, estabilidad y un máster en administración fiscal de empresas. "No bastó para mantenerme firme cuando conocí la droga", confiesa.

 

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Un dietario muy completo permite a Santiago remover sus recuerdos en la Comunidad del Cenáculo, situada en Cornudella de Montsant. Es la fraternidad creada en 1983 por Elvira Petrozzi en Saluzzo (Piamonte). La conocida como "monja de los drogados" es la tabla de salvación de Santiago y de miles de drogodependientes a través de más de 70 fraternidades en todo el mundo.

Tras una sobredosis, un accidente de circulación y la consiguiente conmoción familiar, Santiago había ingresado en una clínica psiquiátrica en Buenos Aires. Su madre le habló del Cenáculo, de Madre Elvira, de la fraternidad de Medjugorje (Bosnia y Herzegovina). "Yo me drogo y vos veis a la Virgen", espetó el abogado fiscalista. Escéptico, pero algo le movió a hacer caso a su madre.

Y con sus 29 años partió a Croacia. Comenzaba un largo camino de reconstrucción personal. "Nada es imposible para Dios", decía una sonriente Madre Elvira. "La escuchaba. Sus ojos eran luminosos. Sus palabras me golpeaban, me despertaban de un sueño que me cortaba la vida", explica Santiago. Trabajó duro con sus compañeros de fraternidad, exdrogadictos como él. Rezó muchísimo. "Turnos de adoración al Santísimo de 24 horas al día. Le dije: si Vos me dais una vida nueva, la haré con Vos". Hace dos años que Santiago está consagrado al Cenáculo, en puertas de ordenarse.

De las tinieblas a la luz. De la muerte a la vida. "Es un milagro constante que está haciendo un gran bien. La gente ve la acción de Dios en estos chicos [...]. Teneros a vosotros aquí es como una central eléctrica que da luz a toda la archidiócesis". Lo afirma Jaume Pujol, arzobiso de Tarragona, que ha puesto todos los medios para que el Cenáculo esté presente en esta tierra. Para ello cedió Mas d'en Lluc, una finca de 550 hectáreas de Cornudella de Montsant.

Martín Esser vivió en este lugar su particular camino de rehabilitación. Oración intensa combinada con trabajo, mucho trabajo físico, para reconstruir la finca. Martín, que venía de una familia desestructurada, con un padre alcohólico que engañaba a su madre, descubrió muy pronto que Mas d'en Lluc no le ofrecía terapia clínica al uso: era toda una escuela de vida, como gusta decir a Madre Elvira.

Martín había perdido a dos novias y pasó por todas las fases de un drogodependiente: "Yo robé, mentí, inventé mil historias y me arruiné". Y cuando llegó a la fraternidad de Cornudella de Montsant se preguntó: "Eso de rezar, ¿qué es? ¿Y levantarme a las 6 de la mañana?". Amistad fraterna, cadena de solidaridad sustentada en la disciplina, la firmeza y la fuerza de la oración han ido ordenando poco a poco la vida de Martín en los últimos cuatro años.

Desde Mas d'en Lluc el paisaje de la sierra del Montsant se ensancha, como la fe y la devoción de Alexis Gámiz. Él había dejado a sus padres con 16 años para ser camello y vivir de ocupa. "Juergas, fiesta. Tenía dinero sin hacer nada. Vivía para pincharme y me pinchaba para vivir. Perdí la dignidad y las ganas de vivir". El milagro de Alexis es doble. Se libró de su pasado tras más de cinco años en el Cenáculo (previa estancia breve en la prisión, donde rezar con intensidad le ayudó a no recaer), y sus padres se convirtieron. Hoy Alexis está rehabilitado y vive con su esposa Angela Coffey. "Yo estaba muerto y Dios me abrió los ojos y me dio una segunda oportunidad", remata este vibrante joven barcelonés.

En Mas d'en Lluc no hay internet, ni TV, ni radio. Tampoco periódicos, lo cual no impide a los chicos del Cenáculo abrir las ventanas al mundo y dar testimonio. "Testimonio de una nueva personalidad. La otra está destruida por la droga". Lo dice el heredero del sillón del cardenal Vidal i Barraquer que preside la sala de audiencias del palacio episcopal tarraconense. Un regalo de los obispos catalanes al cardenal de la paz en tiempos de la II República. Una paz que hoy reedita al arzobispo Jaume Pujol en su homilía a los chicos del Cenáculo.

RAMÓN BALMES SUBINARES
Periodismo

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