La Iglesia con los privados de libertad

 "Ellos son el mejor regalo que puede tener una persona". Gracias al trabajo de muchos capellanes de prisiones, otros presos pueden llegar a vivir una vida normal, e incluso tener una nueva familia

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Me llamo José T. M. Cometí un delito hace ya unos cinco años. Ahora estoy en libertad. Todo empezó un día normal, para las personas normales; pero, para mí, aquel iba a ser el día que cambiaría toda mi vida.

Yo era alcohólico. Por motivos personales empecé a beber más y más, y sin control alguno. Hasta que cometí el peor de los errores, y este me llevo a la cárcel con una condena de siete años y siete meses. Jamás negué mi culpa, y siempre he estado arrepentido del daño que hice a otras personas. Aún hoy sigo pidiendo perdón al Señor por lo que hice. Gracias a Dios no maté a nadie, pero los daños fueron considerables. Un daño que me hizo perder a toda mi familia y todos mis bienes materiales.

Cuando ingresé en la cárcel de Fontcalent (Alicante) me sentía solo y apartado de la sociedad. Mis únicas pertenencias eran una camisa sin botones, un pantalón sucio y unos deportivos rotos. Pero la gran carga la llevaba en mi interior: un nudo en el estómago y una mente enferma.

Un día, cuando estaba en preventivo, me llamaron por megafonía y me pidieron entrar en una habitación. En aquel momento yo no conocía al capellán, el padre Nacho, ni tenía relación con la Iglesia. Para mí, los curas eran unos vividores; hoy pido perdón por ese pensamiento, pues sé que eso no es verdad. Gracias al trabajo de muchos capellanes de prisiones otros presos pueden llegar a vivir una vida normal, e incluso tener una nueva familia. Ellos siempre están ahí cuando les necesitas, sin pedir nada a cambio. Por eso, cuando entré en esa habitación cambió todo en mi mente, y las ideas negativas que tenía entonces.

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Aquella persona se presentó como el capellán, y me preguntó si tenía visitas y si tenía peculio. Yo lo único que tenía era un profundo arrepentimiento y una enorme ruina en mi interior. Le conté mi situación y mis problemas (que no eran pocos). Recuerdo que me dio unas monedas y una tarjeta de teléfono. Pero eso no fue todo: lo bueno estaba aún por llegar. Esa persona iba a ser mi salvación y mi consuelo mental y personal. Él, sin pedirme nada, siempre estuvo preocupándose de mis problemas. Me trajo ropa, me ayudó con mi trabajo penitenciario, se preocupó de hablar con el abogado que llevaba mi causa. Fue mi padre y mi madre sin ser siquiera de mi familia. Fue mi dios personal.

Al mismo tiempo, conocí a Mariola y a los demás voluntarios de la Pastoral Penitenciaria que acompañaban al capellán. Siempre estuvieron ahí. El padre Nacho me visitaba casi todos los días en los talleres y en el patio. Su presencia fue mi salvación y mi esperanza diaria. Gracias a él, la condena dejó de ser para mí una pesadilla destructiva. El capellán y sus acompañantes me enseñaron a comprender que había cometido un delito y que debía cumplir mi condena, pero que no por eso iba a estar solo. Ellos estaban conmigo.

Poco después, cuando me condenaron en firme, me trasladaron al Penal de Burgos. Esa cárcel era vieja, hacía mucho frío y las celdas eran pequeñas. Pero como parecía un monasterio y las paredes no estaban llenas de pinchos, realmente me daba la impresión de estar en un convento. Allí también había trabajo y se comía bien. Los funcionarios no eran malos, sino todo lo contrario: ellos solo cumplían con su trabajo. El verdadero problema allí era el frío. Yo me puse pronto a trabajar en talleres, donde conocí a Pepe, el capellán de esa prisión, así como a unas voluntarias de Pastoral Penitenciaria de gran corazón. Pero el padre Nacho nunca perdió el contacto conmigo. Él siempre estuvo ahí, luchando por mis permisos y preocupándose de mí. Recuerdo que me dijo en cierta ocasión que nunca estaría solo ni me vería en la calle. Esa frase impactó de lleno en mi interior. De hecho, gracias a él y a los voluntarios no estoy desamparado.

En el Penal de Burgos estuve unos cinco años. Pasé toda mi condena trabajando, gracias a lo cual conocí a mucha gente buena (y también alguna un tanto problemática). Un día llegó una carta del padre Nacho, donde me explicaba que en Alicante tenían una casa de Acogida: “Pedro Arrupe”. Aquella carta fue mi pasaporte de salida del Penal, mi vuelta a la sociedad y mi alegría por seguir con esperanza de futuro. Sin casa yo no podía pedir permisos, y sin tutor aún menos. El capellán se brindó a ser mi tutor y casi hasta mi padre, aquel padre que nunca tuve. Lo sorprendente es que, aunque la distancia física entre nosotros era considerable, él depositó toda su confianza en mí. Gracias al padre Nacho y a su equipo, a mitad de la condena pude empezar a disfrutar de permisos.

Cuando llegué a Alicante con mi primer permiso tenía un gran miedo a lo desconocido. Pero cuando toqué el timbre y entré en la casa la confianza que me dieron fue sorprendente para mí, como si fuéramos amigos de toda la vida. Allí conocí al Hno. Jorge, el jesuita responsable de la casa. Y así pude disfrutar de varios permisos, contando siempre con esa amistad que el padre Nacho y su equipo me ofrecieron.

Cuando vine a Alicante a terminar de cumplir la condena, pedí el traslado. Primero, por el frío. Y, además, porque ya tenía una gran familia, que a día de hoy sigo manteniendo. Me presenté en el CIS (Centro Inserción Social), para empezar con el tercer grado, y así poder salir a trabajar por el día y regresar al centro por la noche. Cuando ingresé, Mariano, de la Pastoral Penitenciaria (una gran persona, sencilla, siempre volcado en ayudar a los demás), me apuntó en un curso de fontanería. Gracias a eso me dieron la clasificación 100.2, por la que me permitieron salir a trabajar.

Al acabar la condena, continué viviendo en esa casita de acogida que fue mi gran casa. Hoy vivo en un piso de alquiler, gracias a la ayuda de Mariola. Y ahora, aunque ya he salido de la cárcel, la Pastoral Penitenciaria sigue volcándose por completo en mí, al igual que lo hacen con los demás presos. Ellos son el mejor regalo que pueda tener una persona como yo, que todo lo perdí, y hoy disfruto de una gran familia. Tengo casa, ilusiones. Y, como me prometieron en su día, no estoy solo, que es realmente lo más importante. Gracias al padre Nacho, a los voluntarios Mariola y Mariano, mi vida cada día es más bella.

JOSÉ T. M.

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