Somos una gran familia contigo

† Juan José Omella Omella

¡Qué bonito lema para el día de “Germanor”, Día de la Iglesia Diocesana! Nos recuerda que la Iglesia es una gran familia y que todos somos necesarios en ella. Relacionar familia e Iglesia es un gran acierto, porque ayuda a ver a la Iglesia de una forma más cercana y cordial.

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¡Qué bonito lema para el día de “Germanor”, Día de la Iglesia Diocesana! Nos recuerda que la Iglesia es una gran familia y que todos somos necesarios en ella. Relacionar familia e Iglesia es un gran acierto, porque ayuda a ver a la
Iglesia de una forma más cercana y cordial.

El papa Francisco, en numerosas ocasiones, ha hablado de las cualidades que debe tener una buena familia y que, por tanto, podemos también aplicar a la Iglesia. En un mensaje del Ángelus con motivo de la Solemnidad de la Sagrada Familia dijo: «Recordemos las tres palabras clave para vivir en paz y alegría en la familia (y, por ende, en la Iglesia): permiso, gracias, perdón. Cuando en una familia (y también en la Iglesia) no se es entrometido y se pide permiso, cuando en la familia (Iglesia) no se es egoísta y se aprende a decir gracias, y cuando en la familia (Iglesia) uno se da cuenta de que ha hecho algo malo y sabe pedir perdón, ¡en esta familia (Iglesia) hay paz y hay alegría!».

En su exhortación apostólica La alegría del amor (Amoris laetitia), el papaFrancisco hace un comentario precioso del llamado himno de la caridad de San Pablo (1 Cor 13, 4-7). Este himno puede, ciertamente, aplicarse a la existencia
concreta de cada familia y puede también atribuirse a la Iglesia. En él se habla de la importancia de la paciencia, que hace que la persona no se deje llevar por impulsos y evite agredir a los demás. Necesitamos vivir esa virtud de la paciencia porque, sin ella, seremos personas que no sabremos convivir, antisociales, que querremos imponer nuestro criterio de forma violenta. San Pablo también dice en ese himno que el amor es servicio a los demás, es decir, hacer el bien a todos, a los hermanos de la comunidad y a los de fuera de la Iglesia. Afirma que el amor no es altivo ni arrogante y, por tanto, evita hablar demasiado de sí mismo, sabe colocarse en su lugar, sin pretender ser el centro. Y se dice también que amar es ser amable, lo cual implica la delicadeza de una actitud no invasora, de un respeto a los demás que puede desembocar en un verdadero encuentro con el otro, dejando a un lado el propio interés para atender el interés de los demás, desembocando todo ello en una verdadera actitud de desprendimiento. San Pablo recuerda que el verdadero amor va más allá de la justicia y se desborda sin pedir compensaciones, sin esperar nada a cambio, dispuesto a dar gratis y a darse hasta el final. Ciertamente, la vida eclesial, la vida de familia, sería más fácil si supiéramos alegrarnos con los demás, alegrarnos con el bien del otro, vivir con alegría el que al otro le vaya bien en la vida. Por el contrario, si nos concentramos en nuestras propias necesidades, nos condenamos a vivir sin alegría.

San Pablo y el comentario del Papa terminan con los cuatro todos. El amor todo lo disculpa, en el sentido de que limita el juicio, frena la inclinación a lanzar una condena dura e implacable, procura no dañar la imagen del otro y evita el gran pecado de la difamación. El amor todo lo cree, es decir, confía en el otro y esta confianza básica deja en libertad al otro, renuncia a controlarlo todo, a poseer, a dominar. Todo lo espera, es decir, nunca desespera por el futuro, sabe que el otro puede cambiar; siempre espera que sea posible una maduración. Finalmente, el amor todo lo soporta, no como una actitud pasiva o de miedo, sino como un mantenerse firme en un ambiente hostil; no consiste en tolerar, sino en una resistencia dinámica y constante, capaz de superar cualquier desafío.

Bonitas enseñanzas para crecer en familia, para crecer en comunidad dentro de la parroquia, de la diócesis, de la Iglesia y, ¿por qué no?, dentro de la sociedad.

Recordemos siempre que la Iglesia somos una gran familia en la que queremos seguir estrechando los lazos de comunión y en la que, no lo olvidemos, todos somos necesarios y queridos. No dejemos de orar los unos por los otros.

No dejemos de ayudarnos los unos a los otros. Y no dejemos de colaborar también económicamente para que esta gran familia que es la Iglesia pueda seguir haciendo el bien y siendo un instrumento que humanice nuestra sociedad.

Con mi afecto y bendición.

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