Somos una gran familia contigo

† Ricardo Blázquez Pérez

Delante de nosotros se abre un tiempo de gracia del Señor, no simplemente una duración larga. En esta oportunidad quiero presentar a todos dos grandes necesidades y tareas; una relacionada con el trabajo pastoral en las comunidades cristianas y otra abierta especialmente a la sociedad y la cultura.

Delante de nosotros se abre un tiempo de gracia del Señor, no simplemente una duración larga. En esta oportunidad quiero presentar a todos dos grandes necesidades y tareas; una relacionada con el trabajo pastoral en las comunidades cristianas y otra abierta especialmente a la sociedad y la cultura.

1) Venimos insistiendo en el quehacer básico de la iniciación cristiana, que es como el cimiento de nuestra vida eclesial. Si la iniciación cristiana es débil, nuestra existencia cristiana será endeble. Ante la pluralidad socio-cultural y en medio de la difundida indiferencia y enfriamiento religioso, necesitamos fortalecer el trabajo de la iniciación. ¿No remiten a esta situación la escasez vocacional y la abundancia de rupturas matrimoniales?

La iniciación cristiana tiende a descubrir y afianzar la vocación cristiana, a la luz de la cual discernirá poco a poco cada uno su específica vocación, al matrimonio cristiano, al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada, al laicado apostólico. Sobre estas cuestiones tratará el Sínodo de los Obispos durante el mes de octubre, en que tomaré parte por designación de la Conferencia Episcopal. Tendré muy en cuenta las expectativas de los jóvenes de nuestra diócesis, y estoy encantado de poder informarles y compartir con ellos los aspectos más destacados de la Asamblea Sinodal. Nos damos cita en torno al Día de la Iglesia Diocesana, en noviembre.

2) La segunda tarea atañe al concepto de persona y a sus realizaciones, que, aunque pueda parecer una cuestión abstracta, tiene unas manifestaciones concretas y de gran incidencia en nuestra sociedad. Necesitamos redescubrir y consolidar la persona en su dignidad inviolable. La persona ocupa un puesto fundamental; es como el centro y la base de las instituciones. La condición de persona es inherente e inalienable en cada uno de nosotros; no es añadida ni otorgada. Desde el amanecer hasta el ocaso de la vida el ser humano es personal; tenemos una dignidad originaria, que las leyes deben reconocer, promover y respetar. Todo el itinerario de la vida es de orden personal.

Pues bien, a veces sentimos la inquietud de que su identidad se difumina y la compresión de su dignidad es deficiente. Hay orientaciones antropológicas y proyectos legislativos que no tienen debidamente en cuenta la dignidad del hombre en la familia, en la educación e incluso en la dualidad de varón y mujer sin discriminaciones ni prepotencia.

La Iglesia quiere ser portadora del Evangelio, que es fuente de alegría, amor y esperanza, y no profeta de desventuras; pero la misión recibida del Señor le exige otear como un vigilante por dónde viene la luz y por dónde acechan las tinieblas. Queridos amigos, a todos recuerdo estas necesidades primordiales, y a todos saludo con afecto y esperanza.

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