Somos una gran familia contigo

† Juan Antonio Reig Plà

En el corazón de toda persona hay un deseo irrefrenable: encontrar una “morada”, un lugar donde se pueda vivir con dignidad. Este fue el deseo manifestado por los primeros discípulos cuando se encontraron con el Señor: «“Rabí (que signi ca Maestro), ¿dónde vives?” Él les dijo: “Venid y veréis”. Entonces fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima» (Jn 1, 38-39).

En el corazón de toda persona hay un deseo irrefrenable: encontrar una “morada”, un lugar donde se pueda vivir con dignidad. Este fue el deseo manifestado por los primeros discípulos cuando se encontraron con el Señor: «“Rabí (que signi ca Maestro), ¿dónde vives?” Él les dijo: “Venid y veréis”. Entonces fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima» (Jn 1, 38-39).

¿Qué encontraron los discípulos? Debía ser algo muy importante porque recuerdan hasta la hora del encuentro: «Eran como las cuatro de la tarde». Tocados por la gracia, reconocieron a Jesús como Maestro y encontraron en Él la Vida. Jesús mismo se los explicaría más tarde: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6). Como narra el evangelio, los discípulos eran Juan y Andrés, expresando con ello el carácter de experiencia personal e intransferible.

Lo mismo que les ocurrió a ellos se nos propone a nosotros por medio de la Iglesia, presencia actual del Resucitado. La Iglesia, Cuerpo de Cristo, es el lugar donde se puede vivir, es la familia de los hijos de Dios que han sido agraciados con el don de la fe que nos lleva al seguimiento de Cristo.

Algunos piensan que la Iglesia no es un lugar habitable porque la propuesta moral es contraria al modo actual de vivir. Del mismo modo en otro tiempo se decía que la fe no era razonable, reduciéndola a los sentimientos religiosos o a la superstición. Sin embargo, la fe es una fuente de conocimiento que nos viene por la revelación, por la Tradición de la Iglesia y por el testimonio de los cristianos, especialmente por la vida de los santos. Para alcanzar este conocimiento necesitamos ser atraídos por la gracia de Dios y consentir libremente a su impulso. Del mismo modo, la gracia de Dios que regenera el corazón humano nos hace descubrir personalmente la morada de Dios entre los hombres que es la Iglesia.

En la Iglesia somos alcanzados por el amor de Cristo y descubrimos en ella la verdadera familia en la que se cumplen las palabras de Cristo: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 13, 34). La comunidad cristiana, en efecto, está llamada a ser el espacio de visibilización del amor a Dios y entre los hermanos. Los mandamientos de Dios y sus palabras son palabras de vida que expresan el orden y la jerarquía del amor que se hace posible por la redención del corazón y la fuerza del Espíritu Santo.

Es esta gracia regeneradora del hombre la que hace creíble a la Iglesia y la hace habitable. Más aún, la Iglesia –frente al individualismo y el relativismo de la cultura hegemónica– es el único lugar habitable, la verdadera familia que deseamos, la auténtica «ecología humana» a la altura de la dignidad de los hijos de Dios.

Bien lo supo detectar san Juan Pablo II cuando en su primera encíclica nos decía: «El hombre no puede vivir sin amor. Por eso precisamente, Cristo Redentor revela plenamente el hombre al mismo hombre. En el misterio de la Redención el hombre es nuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo!» (Redemptor hominis, n. 10).

Esta nueva creación que nos viene por el bautismo es el don de un corazón nuevo como, anuncia el profeta Jeremías (Jer 31, 31-36), que nos capacita para el don, para el amor entre hermanos. Es, pues, el don del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones (Rom 5, 5) el que hace a la Iglesia habitable, el espacio vital en el que se cumple el deseo de nuestro corazón: amar y ser amados.

Celebrar el Día de la Iglesia Diocesana es agradecer a Dios el don de la fe y el reconocer que «somos una gran familia contando contigo». Cada uno, con su propia experiencia personal, sin reduccionismos, estamos invitados a descubrir este lugar de misericordia, donde nos encontramos –a pesar de nuestras debilidades y pecados– con Cristo, el único que tiene palabras de vida eterna (Jn 6, 68). 

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