Somos lo que tú nos ayudas a ser.

† Jesús Fernández González. Obispo de Astorga

La pandemia que venimos padeciendo ha herido y acabado con la vida de muchas personas, ha removido seguridades, ha puesto en crisis la respuesta sanitaria, socio–laboral y económica. También nuestra Iglesia ha sufrido un fuerte quebranto en el desarrollo normal de su actividad pastoral con la supresión, durante un tiempo prolongado del culto público, las actividades formativas y catequéticas, las visitas culturales… lo que ha supuesto una fuerte caída de los ingresos.

Junto a los efectos perniciosos, sin embargo, también han brotado signos de esperanza al darnos cuenta de que no lo podemos todo: necesitamos del cuidado ajeno y, sobre todo, de la ayuda divina. 

En los momentos más duros, ha quedado en evidencia el valor insustituible de la sociedad civil y, en especial, el protagonismo vecinal y familiar. También la Iglesia ha mostrado su mejor cara en los profesionales cristianos de la sanidad, que han arriesgado y hasta entregado su vida para proteger y cuidar la ajena, los voluntarios de Cáritas y de otras instituciones de Iglesia, que se han multiplicado para dar respuesta a tantas necesidades, los padres y madres de familia, que han hecho de su hogar una Iglesia doméstica, los sacerdotes que se han reinventado para atender a enfermos, moribundos, hambrientos de Dios… 

Incluso confinados en nuestros hogares nos hemos sentido Iglesia que peregrina en Astorga. La generosidad en la oración de unos por otros, el ofrecimiento del tiempo, la puesta al servicio de los demás de las propias cualidades, el apoyo económico, nos han demostrado que “somos lo que tú nos ayudas a ser. Somos una gran familia contigo”. Un gesto especialmente significativo ha sido la creación de un Fondo Diocesano de Solidaridad a partir de una aportación inicial de la diócesis y de sucesivas entregas por parte de sacerdotes, parroquias, particulares e instituciones. 

Pero lo peor de la crisis socio-laboral y económica, sin embargo, está por llegar. Efectivamente, sigue creciendo el número de parados y la actividad económica está casi paralizada en alguno de los sectores vitales para nuestro país. Ante esta situación difícil y compleja, como dice el papa Francisco, “la Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG, n. 114). 

Siguiendo la estela del Buen samaritano, hemos de emplear nuestro tiempo, energías y vida levantando a los heridos en el camino, curándolos, acompañándolos… Con mayor o menor generosidad, así lo han hecho los creyentes desde el principio (cf. Hch 4, 34) y también vosotros, queridos diocesanos, durante el pasado año. En la publicación que tenéis en vuestras manos se da cuenta de las aportaciones y de las necesidades cubiertas gracias a ella. Que Dios os lo pague al tiempo que fortalece vuestra conciencia eclesial y el ejercicio generoso de la corresponsabilidad en su sostenimiento. Con mi bendición.

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