Somos lo que tú nos ayudas a ser.

† Ángel Javier Pérez Pueyo

Queridos diocesanos: lo que hemos vivido, lo que estamos viviendo y lo que nos quede por vivir presiento que no tendrá nada que ver con lo que ahora pueda describir. Esta pandemia, que llegó sin el manual de instrucciones, ha logrado tocar el punto de flotación de la humanidad. Ha detenido el mundo y nos ha obligado a reflexionar también como creyentes.

La comunidad cristiana emerge una vez más en nuestra sociedad como la gran portadora de esperanza y de consuelo en medio del desconcierto, temor y dolor que nos ha traído este virus. Tenemos la certeza de que, a pesar de tanta incertidumbre y oscuridad, la luz nos alumbra. De nuevo descubrimos cómo la fe en Dios nos sostiene y la caridad se abre camino en este intrincado recorrido. 

Durante aquellas semanas en las que no podíamos movernos de casa, aplaudimos el florecimiento de una Iglesia doméstica evocadora de aquellas primeras comunidades cristianas, en las que los padres oraban con los hijos. Con esa misma alegría contemplamos cómo los fieles iban asumiendo responsabilidades en sus parroquias, delegaciones, grupos apostólicos o movimientos, sea llamando por teléfono al que está solo, acercándole la compra a quien lo necesita, colaborando económicamente con quien lo está pasando mal, compartiendo materiales de oración, o rezando por los difuntos y enfermos o por las familias de unos y de otros. Y lo mejor es que nada de esto ha habido que pedirlo sino que, pasado el aturdimiento inicial, la generosidad ha arraigado y con ella el convencimiento de que solos no podemos, que todos vamos en la misma barca ¡Qué gran lección de humildad y solidaridad! 

Pero, atención: cuando todo esto pase, que pasará, las necesidades no desaparecerán y la Iglesia seguirá estando, como en estos tiempos recios, en primera línea y llegando al pueblo más pequeño de nuestro Alto Aragón oriental. Entonces, como hoy, precisaremos de muchas manos amigas, también las tuyas, que nos permitan seguir trabajando con fortaleza en el anuncio de la verdad y de ternura de Dios, celebrando la vida y la fe, atendiendo a los más pobres y desfavorecidos. 

La Iglesia, como tu familia, no es algo ajeno, externo que contemplo desde fuera. Es un organismo vivo que tú contribuyes a conformar, con tu tiempo, con tus cualidades, con tu apoyo económico y con tu oración. Tu corresponsabilidad, nacida del compromiso y la comunión, vivifica a nuestra Iglesia. No solo hoy, en este Día de la Iglesia Diocesana, sino a lo largo de todo el año. Somos Iglesia contigo para caminar juntos, madurar en la fe, ayudar a quien lo precise, acompañar con los sacramentos en los momentos más importantes de la vida, anunciar el Evangelio, sostener y actualizar nuestro patrimonio y ofrecer un horizonte de esperanza, especialmente para los niños y jóvenes. Somos Iglesia para darnos, repartirnos y regalarnos. Cada día, como hermanos, nos sentamos en la misma mesa y compartimos el mismo pan. 

Ojalá que cada uno de los hijos que integran las tres grandes familias de nuestra orquesta diocesana (laicos, consagrados y ministros ordenados) recorramos todas las calles de los distintos pueblos del Alto Aragón deleitando a unos y a otros con la única melodía que sabemos tocar: la del servicio hecho con amor. 

Con mi afecto y bendición.

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