Somos una gran familia contigo

† Ángel Pérez Pueyo

Encontró en «casa» el amor que mendigaba fuera.

«Un artista le dijo a su esposa: me voy de casa porque quiero inspirarme para pintar la obra maestra de mi vida. A los pocos días se encontró con una muchacha radiante el día de su boda: ¿qué es lo más hermoso para ti?, le preguntó emocionado. El amor, contestó la joven enamorada sin titubear. Pero, ¿cómo pintar el amor? Luego se tropezó con un soldado: ¿qué es lo mejor para ti? La paz. Pero, ¿cómo pintar la paz? Más tarde conversó con un sacerdote: ¿qué es lo principal para ti? La fe. Pero, ¿cómo pintar la fe? Cansado y decepcionado volvió a casa. Su esposa lo abrazó con tanta ternura que halló el amor y la paz de la que le habían hablado la novia y el soldado. Y en los ojos de sus hijos, cuando lo cubrían de besos, descubrió la fe de la que le había hablado el sacerdote. Fue en su propia casa donde encontró la inspiración que andaba buscando fuera».

Encontró en «casa» el amor que mendigaba fuera.

«Un artista le dijo a su esposa: me voy de casa porque quiero inspirarme para pintar la obra maestra de mi vida. A los pocos días se encontró con una muchacha radiante el día de su boda: ¿qué es lo más hermoso para ti?, le preguntó emocionado. El amor, contestó la joven enamorada sin titubear. Pero, ¿cómo pintar el amor? Luego se tropezó con un soldado: ¿qué es lo mejor para ti? La paz. Pero, ¿cómo pintar la paz? Más tarde conversó con un sacerdote: ¿qué es lo principal para ti? La fe. Pero, ¿cómo pintar la fe? Cansado y decepcionado volvió a casa. Su esposa lo abrazó con tanta ternura que halló el amor y la paz de la que le habían hablado la novia y el soldado. Y en los ojos de sus hijos, cuando lo cubrían de besos, descubrió la fe de la que le había hablado el sacerdote. Fue en su propia casa donde encontró la inspiración que andaba buscando fuera».

¡Vuelve a casa! ¡Te queremos! ¡Te andamos buscando! ¡Te aguardamos! Es la «exclamación», el «grito» que mi coherencia de vida debería ofrecer a cada uno de mis hermanos que, por razones diversas, un día abandonaron la «casa paterna» en busca del cariño, de la cercanía, del testimonio que algunos no le supimos ofrecer cuando estaban en casa.

Sin ti nunca llegaremos a ser esa única y gran familia que Dios sueña. Ni podremos recobrar en su hogar (la Iglesia) el amor que, a veces, mendigamos fuera. ¿No os resulta paradójico que nos pasemos la vida buscando amigos, demandando afecto, mendigando reconocimiento, prestigio, poder... y, sin embargo, lo que más nos cuesta es dejarnos querer? Ciertamente, lo más difícil es dejarse abrazar por Dios («mi Padre del cielo»), sintiendo su ternura, su cariño, su misericordia a través de mis otros hermanos. Nos cuesta aceptar que, aunque uno haya marchado de casa, en «la mesa de la fraternidad», cada día, está puesto tu plato esperando tu regreso. Pero lo más sorprendente es descubrir que nuestra verdadera vocación en esta tierra es la de hacer de padre, es decir, acoger a todos en casa sin pedirles explicaciones y sin exigirles nada a cambio. Un padre capaz de reclamar para sí la única autoridad posible, la compasión.

Las cifras de esa nube ingente de personas que invierten millones de horas al servicio de los demás, especialmente de los que la sociedad excluye, son la mejor expresión de que la Iglesia es tu madre. Y contigo llegaremos a ser esa gran familia que Dios sueña. Implícate a fondo, si estás dentro de su seno. Vuelve, si te sientes alejado, y enriquécenos con tus valores. Ojalá logremos devolver la dignidad que Dios otorgó a todas las personas y hagamos  orecer un mundo más libre, fraterno y solidario. Esto es lo realmente audaz, moderno y fascinante: hacer de la Iglesia tu verdadero «hogar, tu «casa de acogida» o tu «hospital de campaña». Haz de tu familia una iglesia doméstica, fuente y escuela de fraternidad. Con mi afecto y bendición.

Artículos Destacados