Somos una gran familia

† Carlos Manuel Escribano Subías

La Iglesia es una gran familia en la que cada uno es querido por él mismo, no por lo que dé o deje de dar. Pero no es una familia cualquiera: es una familia en la que los vínculos de otro carácter, son vínculos sobrenaturales, que nacen de la fe, que nacen del Bautismo, de la Confirmación y, en la mejor y última instancia, de la Eucaristía.

Los últimos papas han insistido en esta realidad maravillosa. “La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace a la Eucaristía”. Esta verdad de fe ya se encuentra apuntada en los escritos de los primeros Santos Padres de la Iglesia, y siempre ha sido recordada a lo largo de la historia. Sugiero a mis queridos diocesanos que relean y mediten la Encíclica de San Juan Pablo II Ecclesia de Eucharistia, que afirma algo tan sugerente como lo que sigue; “LA Iglesia, Cuerpo visible de su Señor invisible, se nutre de Cristo Eucaristía y por ello, como un cuerpo, se plasma y se construye, crece y se estructura vitalmente con la celebración de la Eucaristía”.

El Papa Francisco ha destacado en múltiples ocasiones la relación que existe entre una familia y la Iglesia y  porqué es tan importante. La relación entre ambas, ha venido a decir el Papa, es natural porque la Iglesia es una familia espiritual y la familia es una pequeña Iglesia. Podríamos decir que son dos lugares donde se realiza esa comunión de amor que encuentra su fuente última en el mismo Dios. Esto no es una reflexión bonita, que también lo es. Es una consideración que nos debe llevar a la exigencia amorosa de ver en la Iglesia la casa común de los que creen en Jesús y una escuela de amor a Dios y al prójimo.

La gran familia que es la Iglesia no sabe de razas, colores, pobres o ricos, hombres o mujeres, ancianos o niños, jóvenes o adultos. En una familia “como Dios manda” todos somos queridos, todos somos perdonados, respetados, animados a mejorar, a querer, a sentir la familia como algo propia. En la Iglesia, y con la Iglesia, ha de suceder lo mismo: yo he de querer a los demás -a todos- como los quiere Dios, y Dios quiere a todos hasta el extremo, hasta el fin. No nos podía querer más. Así he de amar yo a los otros.

La razón de celebrar “un día anual de la Iglesia diocesana” no es otra que la vivencia concreta, cariñosa y exigente, de que “yo soy la Iglesia, tú eres la Iglesia, nosotros todos somos la Iglesia”.

A fin de cuentas la diócesis es una partecita de la Iglesia en la que se dan todas las circunstancias para ser "medio de Salvación", el conjunto de fieles que viven en un territorio determinado y, lo que es más importante, el conjunto de fieles unidos por la misma fe, y que celebran los mismos misterios. 

Quiero aprovechar esta oportunidad para exhortaros, queridos diocesanos de La Rioja, a valorar y a apreciar nuestra condición de diocesanos, de hijos de la Iglesia diocesana. Queridos padres y madres: dad a conocer la realidad maravillosa de la Iglesia a vuestros hijos, a vuestros familiares, a vuestros amigos, a vuestros vecinos. Mostradles con vuestro ejemplo alegre y animoso, y con vuestra palabra, que no hay nada tan reconfortante - en estos momentos de pandemia y siempre - como verse acogidos en el seno de esta familia espiritual. Amad a la diócesis, su historia, sus valores, sus tradiciones, aunque a menudo os sintáis y os veáis mediocres cumplidores de vuestra identidad cristiana. Todo irá mejor y todos iremos a mejor. 

Y no nos olvidemos de sacar adelante a la Iglesia diocesana en sus necesidades, hoy más que nunca por las circunstancias penosas que estamos padeciendo. Y con san Pablo viviremos aquello tan entrañable: "me pedisteis la atención a los pobres y esto no lo he olvidado". 

Con mi felicitación como Administrador Apostólico y con mi afecto y bendición.

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