Somos una gran familia contigo

† José Manuel Lorca Planes

Queridos diocesanos: celebramos anualmente el Día de la Iglesia Diocesana con el ánimo de recordar nuestra verdadera esencia, especialmente la llamada del Señor a vivir como una sola familia la comunión, cuya fuente de inspiración y modelo es Jesucristo, de cuyo sacri cio deriva la consagración del hombre y de toda la creación.

Queridos diocesanos: celebramos anualmente el Día de la Iglesia Diocesana con el ánimo de recordar nuestra verdadera esencia, especialmente la llamada del Señor a vivir como una sola familia la comunión, cuya fuente de inspiración y modelo es Jesucristo, de cuyo sacri cio deriva la consagración del hombre y de toda la creación. Nuestro Señor Jesús nos ha abierto las puertas de acceso al corazón misericordioso de Dios Padre, en virtud de su sacri cio en la cruz, y nos hace partícipes de la santidad de Dios y del misterio de comunión con Cristo. El estilo de vida que nos exige el Señor es sencillo, se reduce a un mandamiento, el del amor, es el mandamiento donde se funda y se edi ca la Iglesia como comunión de los creyentes en Cristo, nuestro Camino, Verdad y Vida.

El programa pastoral de nuestra diócesis ya está trazado, es Cristo, no tenemos que inventar nada. Durante este curso 2017-2018 estamos invitados a ser coherentes con nuestra condición de discípulos y de testigos de Cristo y esto nos exige anunciar lo que hemos visto y hemos creído, tanto con la palabra como con las obras. Lo que se nos pide es difundir y hacer aceptable y creíble la verdad del amor de Cristo y de Dios, porque tenemos experiencia de Él. Así lo vivieron los primeros testigos y de ello da fe el texto de los Hechos de los Apóstoles: «Acudían asiduamente

a la enseñanza de los Apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hch 2, 4); y también: «La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32).

El sentido de la comunión era tan intenso que impulsaba a cada uno a poner sus propios bienes materiales al servicio de las necesidades de todos: «Nadie consideraba como propiedad suya lo que le pertenecía, sino que todo era común entre ellos» (Hch 5, 4). La Iglesia primitiva era una comunidad que impulsaba a sus miembros a la evangelización y a edi car la comunidad de los hermanos como en una familia, por eso se veía normal el compartir unos con otros los bienes de que disponían, especialmente en favor de los más pobres. En el centro de la comunión siempre se encuentra Cristo. Si esta aventura hubiera dependido solo de nosotros no habría funcionado, pero Dios hace bien las cosas y nos ha desvelado el misterio: para realizar la “comunión” y alimentar la comunidad congregada en Cristo, interviene siempre el Espíritu Santo, de forma que en la Iglesia siempre se da la comunión en el Espíritu. Él es nuestra garantía.

Queridos diocesanos, aprovechemos esta oportunidad para abrir todo nuestro ser a Cristo, para edi car nuestra vida en ese sólido fundamento y para dejarnos llevar por la fuerza del Espíritu, que solo así nos sentiremos libres para aceptar a los otros como hermanos y les podremos decir: «Somos una familia contigo».

 

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