Somos una gran familia contigo

† José Manuel Lorca Planes

Cuando hablamos de la Iglesia estamos haciendo referencia a un pueblo, al sagrado Pueblo de Dios; a una comunidad de creyentes en Jesucristo, nuestro único Maestro y Salvador, tan importante en nuestras vidas que, en relación a Él, todo se convierte en lo demás. El creyente ha entrado a la Iglesia por la puerta del bautismo y ha recibido el más grande de los regalos, la filiación divina y el perdón de los pecados. Todos los bautizados somos hijos del mismo Padre y hermanos entre nosotros, somos una comunidad filial y fraternal. Los vínculos que nos unen son tan fuertes que nos llevan a ser responsables unos de otros y a compartir no solo la fe común y la vida, sino hasta lo que parecía imposible para la mente humana, compartir hasta lo que cada uno posee, para que ningún hermano pase necesidad, como se nos cuenta en la práctica de las primeras comunidades. La acción caritativa que se desarrolla en la Iglesia no es una losa insufrible que nos cae sobre las espaldas, sino que es el testigo de la veracidad de lo que se está viviendo en el interior de la Iglesia: el amor, la unidad y la comunión entre los hermanos. En la Iglesia es donde se manifiesta la salvación de Dios y donde está actuante el Espíritu Santo, para la santificación de todos; en un espacio así no es posible otro modo de actuar.

Cuando hablamos de la Iglesia estamos haciendo referencia a un pueblo, al sagrado Pueblo de Dios; a una comunidad de creyentes en Jesucristo, nuestro único Maestro y Salvador, tan importante en nuestras vidas que, en relación a Él, todo se convierte en lo demás. El creyente ha entrado a la Iglesia por la puerta del bautismo y ha recibido el más grande de los regalos, la filiación divina y el perdón de los pecados. Todos los bautizados somos hijos del mismo Padre y hermanos entre nosotros, somos una comunidad filial y fraternal. Los vínculos que nos unen son tan fuertes que nos llevan a ser responsables unos de otros y a compartir no solo la fe común y la vida, sino hasta lo que parecía imposible para la mente humana, compartir hasta lo que cada uno posee, para que ningún hermano pase necesidad, como se nos cuenta en la práctica de las primeras comunidades. La acción caritativa que se desarrolla en la Iglesia no es una losa insufrible que nos cae sobre las espaldas, sino que es el testigo de la veracidad de lo que se está viviendo en el interior de la Iglesia: el amor, la unidad y la comunión entre los hermanos. En la Iglesia es donde se manifiesta la salvación de Dios y donde está actuante el Espíritu Santo, para la santificación de todos; en un espacio así no es posible otro modo de actuar.

La Iglesia ha sido fundada por Cristo con el sacrificio de su sangre. Es un hecho histórico y, al mismo tiempo, un misterio de comunión con Cristo, querido desde la eternidad por Dios. Como Dios nos conoce bien nos pide vivir con un estilo especial, el del amor, «en esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 35). Jesús es nuestro modelo de amor, porque lo ha llevado hasta el extremo, hasta dar la vida. Al mirar a Cristo clavado en la cruz sabemos que esto es serio, que no es para una temporada, sino para siempre, porque le hemos escuchado decir al Señor: «el que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5). De ahí que insista: «permaneced en mi amor» (Jn 15, 9).

Ahora le encontramos sentido al lema de este Día de la Iglesia Diocesana, porque a los cristianos nos caracteriza el estar fundados y edificados en Cristo en el seno de la Iglesia, en comunión, y a esto estamos llamados. El horizonte de nuestra Iglesia es formar una familia de hermanos, en la que nadie sobra y todos somos necesarios, como constataba san Lucas en los Hechos: «Mirad cómo se aman», señalando el objetivo de la unidad en la caridad. El estilo será creíble, si además de proclamarlo, lo vivimos con seriedad y rigor. La expresión sacramental de este amor es la eucaristía. En la eucaristía, en cierto sentido, renace y se renueva continuamente la comunidad, una comunidad que reza, celebra y cuida a los hermanos más necesitados.

Que este año nos acerquemos generosamente al Señor y trabajemos en nuestra diócesis y parroquia poniendo a disposición de los hermanos todos los dones que hemos recibido de Dios.

Feliz Día de la Iglesia Diocesana.

 

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