Somos una gran familia contigo.

† Jesús García Burillo

Como bien sabes, el papa Francisco escribió hace unos pocos años una carta sobre la familia. La tituló La alegría del amor. Es una carta en la que el Papa expone lo que un cristiano debe conocer y vivir a cerca de la familia.

El capítulo cuarto trata del amor en el matrimonio, y lo ilustra con el “himno al amor” de san Pablo. Es un comentario inspirado y poético del texto paulino. Se trata de una colección de fragmentos de un discurso amoroso que está atento a describir el amor humano en la realidad concreta. Uno se queda impresionado por la capacidad de introspección psicológica que sella este comentario. La profundización psicológica entra en el mundo de las emociones de los cónyuges. Se trata de una contribución preciosa para la vida cristiana de los miembros de una familia, que no tiene parangón en precedentes documentos papales. 

En la unión conyugal existe la perfecta unión que se da entre Cristo y su Iglesia y que, humanamente se alcanza mediante “un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios”. El Papa añade que “en la naturaleza misma del amor conyugal está la apertura a lo definitivo”, porque esa “combinación de alegrías y de fatigas, de tensiones y de reposo, de sufrimientos y de liberación, de satisfacciones y de búsquedas, de fastidios y de placeres” es, precisamente, el matrimonio. 

El capítulo concluye con una reflexión sobre la “transformación del amor”, porque “la pertenencia mutua debe conservarse por cuatro, cinco o seis décadas, y esto se convierte en una necesidad de volver a elegirse una y otra vez”. Una buena parte de los matrimonios hoy envejecen juntos por largos años. “No podemos prometernos tener los mismos sentimientos durante toda la vida. En cambio, sí podemos tener un proyecto común estable, comprometernos a amarnos y a vivir unidos hasta que la muerte nos separe, y vivir siempre una rica intimidad”. 

La relación entre los miembros de la Iglesia puede calificarse también de relación “familiar”. Las relaciones que se dan entre sus miembros es semejante a la comunión de Cristo con su Iglesia. La comunión de todos sus miembros se fundamenta en Cristo Cabeza. Él se nos entrega enteramente. Es una relación donde se comparten las emociones, los sentimientos, los principios y se persiguen las mismas metas. Los primeros capítulos del libro de los Hechos, al describir cómo era la vida de los primeros cristianos, lo concreta de este modo: “todo lo tenían en común”, entre ellos se daba “un solo corazón y una sola alma”.

Estas son las relaciones que se han de dar entre los componentes de cada comunidad, de cada parroquia. Siempre podemos crecer en este espíritu de interrelación de sentimientos y de bienes concretos, también económicos. La comunidad unida comparte la escucha de la Palabra, la oración, la eucaristía y la misión. Es hospital de campaña y es Iglesia en salida. Todo en comunión. 

En este Día de la Iglesia Diocesana 2020, te invito a crecer en la estima, valoración, interacción, en la entrega mutua con quienes formamos comunidad hasta ser en la práctica realidad una gran familia contigo.

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