Sin ti, no hay presente. CONTIGO hay futuro

† José María Yanguas Sanz

Con ese nuevo mensaje para la celebración de la Iglesia diocesana se quiere insistir en una dimensión de la Iglesia particular que la define como pocas otras. La Iglesia es «una gran familia». Una familia presidida por un Padre que es Dios, del que todos somos hijos por el bautismo. Hijos en sentido fuerte, aunque misterioso e inefable, pues nunca agotaremos con palabras su verdad más íntima. Verdadera familia, pues por el bautismo somos hechos partícipes de la naturaleza divina y se nos comunica la Vida de Dios. Una familia unida por lazos más fuertes aún que los de la sangre. No es un modo de decir, un “como si” que permite hablar de familia en sentido figurado, pero que, en realidad, está bien lejos de responder a lo que se entiende por tal. 

La fe nos enseña que por el sacramento del bautismo hemos sido incorporados a Cristo, injertados en él, el Hijo eterno de Dios. Podríamos decir que por nuestras venas corre la misma sangre del Hijo de Dios: somos sarmientos unidos a la vid, que viven de su misma vida. No poseen otra. Por eso llamamos a Dios Padre. Y lo hacemos con verdad y con pleno sentido. Y por eso nos reconocemos y llamamos hermanos. La oración común, la de todos, comienza con las palabras: ¡Padre nuestro! 

Nuestra casa común, la casa de familia, es la Iglesia. A ella somos convocados, en ella encontramos refugio. Nos sentamos a la misma mesa para compartir el mismo sagrado alimento. Somos objeto de los desvelos y los cuidados de la misma madre. La herencia que nos espera también es común. Una familia llamada a crecer en el tiempo y en el espacio, porque todos los hombres pueden encontrar un lugar en ella. En la familia grande y en la pequeña, que es nuestra parroquia.

Por ser familia, cada uno ha de contribuir para que reine el ambiente propio de familia: cálido, acogedor, entrañable; en el que todos somos apreciados y estimados simplemente por formar parte de ella, sin que importen demasiado las cualidades o los dones de cada uno. Cada miembro de esa familia es importante: nadie puede sustituir sin más a otro; sin cada uno de nosotros, miembros de esa familia, esta quedaría incompleta. Las ausencias, los huecos en las flas, hacen que el presente resulte más difícil. En cambio, con todos, cada uno en su puesto, el presente, y también el futuro es seguro. Como se ha dicho tantas veces: todos somos necesarios y ninguno es imprescindible. Caminamos juntos, nadie puede comportarse como un verso suelto. El Papa lo ha recordado recientemente, «ser Iglesia es ser comunidad que camina junta». Una comunidad en la que nos escuchamos mutuamente y ponemos nuestras personales “riquezas” al servicio de los demás; en la que todos somos corresponsables de la misión que Cristo confió a su Iglesia y en la que estamos llamados, cada uno, en primera persona a comprometernos; en la que todo lo de los demás me concierne, me atañe, sin que pueda desentenderme ni desinteresarme egoístamente.

A vosotros, laicos, me dirijo especialmente. Sin vuestra participación y empeño, sin vuestro compromiso, sacrificado y gozoso, en el seno de la Iglesia y en el mundo, la misión ralentizaría peligrosamente, perdería fuerza, empuje y penetración. Ofrécete, no nos prives de tu valiosa y necesaria colaboración. ¡Te esperamos!

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