Sin ti no hay presente. CONTIGO hay futuro

† Julián López Martín

Queridos diocesanos: el slogan o lema de la campaña para la próxima Jornada de la Iglesia diocesana alude a dos realidades muy interesantes sobre las que no siempre reflexionamos o hablamos de manera expresa, aunque alguna vez empleemos esas palabras en nuestras conversaciones. El «presente» y el «futuro» que este lema relaciona con nuestras personas y vidas, sabemos más o menos en qué consisten, pero todos somos conscientes también de la carga y complejidad  que entrañan.

Seguramente muchos de vosotros habéis oído hablar alguna vez, en una homilía o en una catequesis, de la historia de la salvación -antes se hablaba de historia sagrada-, en referencia a los hechos y personas de los que Dios se sirvió para manifestar y hacer realidad su designio de vida y de amor en favor de los hombres, desde el principio de su obra creadora hasta culminar en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Después ha venido la Iglesia, nacida del impulso creador del Espíritu Santo. En este sentido, la liturgia de la Iglesia, es decir, la eucaristía y los demás sacramentos, la oración y el recuerdo de Jesucristo y de los santos, hacen avanzar esa historia, en el fondo, de amor, de perdón y de esperanza.

Pero está también la vida cristiana de los hijos de la Iglesia. Gracias a ellos  y de manera especial a los que son fieles a Jesucristo y al Evangelio, esa historia progresa y mucho. Por eso todos los cristianos hemos de cooperar, con nuestra conducta y fidelidad, al avance y extensión del reinado de Dios.

Alguno se preguntará: ¿y qué tiene que ver ese reinado de Dios con las estructuras de la Iglesia, con su organización, sus centros de reunión, celebración, enseñanza, asistencia social, etc.? La respuesta es sencilla: somos seres espirituales y corporales a la vez, y por muy elevadas y sublimes que sean nuestras ideas y aspiraciones, incluidas las religiosas, necesitamos lugares donde asentarnos, reunirnos, acoger a los demás, dialogar, proponer, trabajar, etc. La Iglesia, efectivamente, está constituida por la presencia permanente de Cristo y de los medios de salvación, pero ha de asentarse en la tierra y plantar su casa, como la tienda en los tiempos bíblicos, en medio de la ciudad y de la aldea, incluso en los bungalows o carromatos de los itinerantes.

La Iglesia es y será siempre «el acontecimiento de la actualización de Jesucristo y de su salvación definitiva para los hombres», pero no en las nubes, sino aquí, en la tierra, donde las personas viven, trabajan, disfrutan, oran, etc. La Iglesia, nuestra Iglesia diocesana, necesita «espacios» adecuados, seguros y cómodos, si es posible, para seguir siendo comunidad que convoca, invoca e, incluso, provoca, pero en el mejor sentido del término.

Por cierto, en fechas recientes la “Iglesia evangélica de León” ha estrenado su sede social y de culto, de lo que nos alegramos, y a la que en su momento nuestra diócesis contribuyó modestamente.

Con mi cordial saludo y bendición.

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