Somos una gran familia contigo
† Alfonso Carrasco Rouco

Queridos hermanos: todos sabemos que en una familia lo más importante no son el dinero y las cuentas, sino los vínculos que nos unen, la común pertenencia, salvaguardada por la confianza, la ayuda mutua, el afecto y la compañía.

Queridos hermanos: todos sabemos que en una familia lo más importante no son el dinero y las cuentas, sino los vínculos que nos unen, la común pertenencia, salvaguardada por la confianza, la ayuda mutua, el afecto y la compañía.

Esto somos en la Iglesia, una gran comunidad, una familia, que renueva sus lazos de fe y de amor cada domingo, que se acompaña para poder vivir bien los desafíos de la vida, con la luz de la verdad que nos viene del Evangelio y con la ayuda de los hermanos.

Precisamente porque formamos una gran familia, también ponemos en común y hablamos de nuestras cuentas, de las obras que necesitan nuestras casas –nuestros templos–, del dinero de que disponemos o necesitamos. Este es un gran signo de unidad, porque en el uso de los recursos materiales se expresa la libertad de cada uno.

De estos recursos que ponemos en común –de tiempo, de trabajo y colaboración, de dinero y otros bienes materiales– una parte importante está dedicada a compartir con quien lo necesita, aunque no sea o no se sienta parte de nuestras comunidades y parroquias, de nuestra Iglesia en Lugo.

Pero así aprendemos a vivir como hermanos y a amar al prójimo. Aprendemos a dar y a reconocer que todos hemos recibido mucho; que somos quienes somos por las aportaciones incontables de nuestra gran familia y, en el fondo, de Dios, el Señor, de quien nos viene todo bien, porque nos da la vida, la gracia que la enriquece y sostiene, la misericordia que la sana y la esperanza de llegar a alcanzarla en toda plenitud.

No nos retiremos de esta gran familia que es nuestra Iglesia, considerémosla cosa propia, vivamos en su ámbito, renovando siempre los afectos más verdaderos, la fe y la caridad, y compartiendo sus alegrías y sus penas, también sus necesidades.

En este Día de la Iglesia Diocesana celebremos, pues, que ya no estamos solos, sino que tenemos una casa, un Padre y unos hermanos, y el amparo de una Madre celestial. Recordarlo, participar, compartir, con libertad, es una alegría para cada uno y para todos, pues nada produce mayor gozo que “convivir los hermanos unidos... Allí manda el Señor las bendiciones, la vida para siempre” (Sal 133, 1.3.).

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