Somos una gran familia CONTIGO. Una gran familia que vive y se desvive por los demás.

† Sebastià Taltavull Anglada

El sentido de pertenencia a una institución puede tener muchos orígenes y, a la vez, muchas razones. Pertenecer a la Iglesia tiene su origen en el bautismo y las razones quizás son muy diversas. Lo mismo que pertenecer a una familia.

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El sentido de pertenencia a una institución puede tener muchos orígenes y, a la vez, muchas razones. Pertenecer a la Iglesia tiene su origen en el bautismo y las razones quizás son muy diversas. Lo mismo que pertenecer a una familia.

Todo depende del grado de afecto, de formación, de empatía, de relación entre los que la forman. En estos momentos, es importante e incluso necesario que nos planteemos nuestro sentido de pertenencia porque a lo mejor hemos de profundizar en actitudes que son más necesarias que nunca, y ello implica un continuo gesto de conversión al Evangelio.

Decir y creer profundamente que somos una gran familia nos lleva a una experiencia singular. ¿Quién no ama a su propia familia incluso conociendo los defectos propios de quienes la forman? ¿Quién no ejercita la comprensión y el perdón en situaciones límite cuando parece que nada puede arreglarse? La Iglesia es esta gran familia global, presente en todos los rincones del mundo y proponiendo en nombre de Jesús la posibilidad de ser una gran fraternidad que sea como la sal que da buen sabor a los alimentos, como la luz que ilumina tantas zonas oscuras o como la levadura que transforma toda la masa.

El papa Francisco, refiriéndose a la Iglesia, habla de su intimidad con Jesús, una intimidad itinerante fruto de una profunda experiencia de comunión y que se configura como comunión misionera. Por esta razón dice que «fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie» (EG, n. 23). Esta es la Iglesia en salida, una comunidad de discípulos misioneros que está atenta a los frutos porque el Señor la quiere fecunda, como lo vive el sembrador, el cual «cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados» (EG, n. 24).

Nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia tiene que llenarnos de gozo porque, a pesar de nuestras debilidades e imperfecciones, el Espíritu del Señor está presente y nos está guiando y acompañando. Tenemos necesidad de profundizar en lo que está significando el bautismo en nuestra vida, ya que de él y de los demás sacramentos dimana la fuerza que nos mantiene en pie y en comunión entre unos y otros, como lo que pasa con el cuerpo humano, en el cual todos los miembros son necesarios. No podemos vivir nuestra fe de forma individualista. De ser así, no tendría sentido, habríamos perdido el sentido de familia que tiene y todas las posibilidades de llevar a término el encargo evangelizador que Jesús nos ha confiado.

 

Dejémonos ayudar por una comunidad viva que encuentra su sentido en la escucha de la Palabra de Dios, su fuerza interior en la mesa de la eucaristía y de perdón, su proyección misionera en el ejercicio de la caridad. «La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo» (EG, n. 24). La Iglesia es una familia que vive esta intimidad con el Señor y se desvive por los demás.

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