La Iglesia diocesana: somos una gran FAMILIA

† Jesús Sanz Montes

No hay sondeo de opinión o encuesta que se precie que no vuelva a poner en valor la altísima estima de la que goza la familia. En ese contexto venimos a la vida y allí somos acogidos. Sin embargo, estamos en un momento en el que no siempre y no por todos se protege y se acompaña a la familia. No es halagüeño el horizonte que se dibuja, y sin embargo hay un hilo de esperanza cuando volvemos a reconocer que «en el corazón de cada hombre y de cada mujer se alberga un deseo de plenitud que solo se alcanza en la comunión de vida, no desde la soledad» (Card. Müller).

No hay sondeo de opinión o encuesta que se precie que no vuelva a poner en valor la altísima estima de la que goza la familia. En ese contexto venimos a la vida y allí somos acogidos. Sin embargo, estamos en un momento en el que no siempre y no por todos se protege y se acompaña a la familia. No es halagüeño el horizonte que se dibuja, y sin embargo hay un hilo de esperanza cuando volvemos a reconocer que «en el corazón de cada hombre y de cada mujer se alberga un deseo de plenitud que solo se alcanza en la comunión de vida, no desde la soledad» (Card. Müller).

Efectivamente, Dios es comunión de personas y nos hizo a su imagen y semejanza, como una familia. No es algo, por tanto, que pueda ser considerado baladí, opcional, culturalmente coyuntural, sino algo que responde a la voluntad creadora de quien nos hizo.

Como miembros de una comunidad diocesana, todos los que la componemos somos una verdadera familia, que es el espacio donde se nos acoge, se nos nutre, se nos educa y defiende, donde aprendemos a vivir las cosas con el mundo delante y donde incluso a Dios y su gracia somos despertados religiosamente.

Los pobres con todos sus rostros son también una familia que se nos confía y con los que vivir como cristianos todas las obras de misericordia.

Por eso, la comunidad diocesana necesita sostener todo cuando precisamos para abrazar la familia y salir al paso de sus gozos y alientos, así como de sus sofocos y estragos. La gran familia que representa la Iglesia diocesana tiene templos donde expresar la fe, locales donde dar catequesis, espacios donde acoger a los necesitados, medios e instrumentos donde compartir nuestra cultura y proponer la visión cristiana de la vida, especialmente cuando esta se encuentra más amenazada. Por ese motivo hemos de sentirnos miembros vivos de esta familia diocesana, donde con cada uno seguir llevando adelante lo que Jesús nos dejó como herencia y tarea en la Iglesia.

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