Es tiempo de cuidar, tiempo de crear.

† Manuel Herrero Fernández, OSA

Un noviembre más y la diócesis nos llama a vivir el Día de la Iglesia Diocesana. La Iglesia diocesana es como un árbol con muchas ramas. Hunde sus raíces en el misterio de Dios Padre, de su infinito amor; es nuestro humus. El tronco es Jesucristo, el Señor, el que nos sostiene con su Palabra y los sacramentos en la Iglesia diocesana, el que nos vivifica con su Santo Espíritu. Cada comunidad parroquial, religiosa, educativa... es como una rama, llena de vida, porque está unida al tronco y regada por la sabia del Espíritu, que es el hace que la rama tenga hojas verdes, bonitas flores y dé sabrosos frutos.

La Iglesia la formamos todos los bautizados; el día de nuestro bautismo fuimos injertados en Cristo; que nadie ni nada nos pueda separar del tronco, de Cristo; si estamos separados, moriremos como una rama tronchada por el viento temporal por el rayo o por acción humana.

Cada uno tenemos que poner todo lo que esté de nuestra parte para que no solo nuestra rama, sino todo el árbol sea un árbol vivo, hermoso, que dé sombra, que pueda acoger pájaros que buscan protección y hacen allí sus nidos. Cada uno podemos y debemos poner nuestro tiempo, nuestras cualidades, nuestro apoyo, nuestra colaboración económica y nuestra oración, lo mejor de nosotros mismos para que la rama y el árbol sea esbelto y fecundo.

Este año 2020-2021 la programación pastoral nos invita a mimar nuestra Iglesia diocesana. El lema, conocido, sin duda por todos, dice: “Tiempo de cuidar, tiempo de crear”. Una de las grandes lecciones de la pandemia que tanto dolor, miedo y muerte nos ha causado y causa todavía, es que nuestra vida depende de los demás, como la de los demás de la nuestra. Hemos palpado la fragilidad, nuestra impotencia, pero también la solidaridad de muchos, su sacrificio y entrega en sus cuidados, en su atención, en su servicio, en su oración. Ahora es tiempo de cuidar; cuidar nuestra salud y la salud de los demás; cuidar nuestra fe con la formación y la participación en la vida de la Iglesia; cuidar la trasmisión de la fe, siendo testigos de la misma, a las nuevas generaciones, a los adultos que quizás la han perdido o la tienen cogida con alfileres, a los mayores. Cuidar con cariño, con ternura, con amor, como Dios Padre y Madre, cual labrador, cuida su viña, la abona, la poda, la riega, la defiende, la lleva en sus ojos y en su corazón.

Pero la Iglesia, la comunidad cristiana, no es solo algo hecho para siempre y que nosotros solo hemos de conservar; es algo que tenemos que crear, que recrear, que construir. Y no vale que disfracemos nuestra inoperancia y vagancia pensando que otros lo harán o lo hacen o que no tenemos cualidades, que no sabemos. Recuerdo dos poemas breves de A. Machado que nos invitan a actuar y comprometernos. Dice en Proverbios y Cantares: “¿Dices que nada se crea?/ No te importe; con el barro/ de la tierra, haz una copa/ para que beba tu hermano/... ¿Dices que nada se crea?/ Alfarero a tus cacharros;/ haz una copa, y no te importe/ sino puedes hacer barro”.

Contigo, con otros, conmigo... eres Iglesia, la Iglesia de Cristo. Colabora y hagamos con nuestro barro, una copa para nuestros hermanos palentinos que sufren, que están solos, enfermos, sin trabajo, puedan beber, sentir la alegría de saberse queridos, hermanos, y vivir con esperanza.

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