Somos una gran familia contigo. Sin ti no hay presente. CONTIGO hay futuro.

† Manuel Herrero Fernández, OSA

Todos los años, en noviembre, se nos recuerda qué somos, que los cristianos formamos parte de un misterio que nos rebasa, porque somos una familia que tiene a Dios por Padre, a Jesucristo como hermano mayor y maestro y al Espíritu Santo como fuerza, alma, vida y motor de la comunidad. Nosotros, aunque indignos, somos, por gracia y favor de Dios, sus hijos y, entre  nosotros, somos hermanos. ¡Quién pudo soñar esto o imaginarse esta realidad! Yo no, pero es algo que lo vivo y comparto con vosotros. Somos una gran familia contigo, no únicamente porque seamos muchos, sino porque formamos parte de la gran familia de Dios. Dios es familia –es Padre, Hijo y Espíritu–, Padre que ama, el Hijo Amado y el Espíritu de Amor que los une y enlaza eternamente, familia unida en el amor, que es fuente de vida y de todo cuanto existe. Familia a la que ha querido asociarnos por amor.

Esta gran familia se llama Iglesia; es universal, abarca a todos los bautizados, convoca a todos los no bautizados y quiere ser instrumento, los brazos de Dios para acoger, besar, perdonar a todos. De esta Iglesia familia formas parte. Tú eres un miembro, un hermano o una hermana más.

Esta familia, como todas, está compuesta por personas que tenemos rostro; un pueblo con rostro, una cultura, una tierra, una geografía. Es la diócesis que peregrina, en tierras palentinas, regadas por el Pisuerga y el Carrión, que tiene montaña, páramos, valles, cerros; una tierra, es verdad, cada vez más vacía y vaciada. Formada por hermanos y hermanas que viven en los pueblos y ciudades, que sufren, aman, se alegran, creen, celebran juntos; unos, la mayoría, sois laicos y laicas, llamados a hacer presente en nuestra sociedad el reino de Dios, su paz, su vida, su amor, su verdad, con el trabajo, la convivencia fraterna, la unión y la solidaridad; muchos sois mayores, pocos niños y jóvenes, personas sanas y enfermas, trabajadores y jubilados, parados, etc. También hay otras personas a las que llamamos consagrados y consagradas, por otro nombre monjas, monjes y religiosos, que se han entregado en cuerpo y alma al Señor para hacerle presente con sus palabras y obras como el amor que libera para amar, al obediente al Padre por amor, el pobre que nos enriquece a todos y testigos de los valores que no pasan, que son eternos. También estamos los ministros ordenados –diáconos, sacerdotes y obispo–, que hemos recibido el encargo del Señor Jesús de ser su presencia, en nuestra debilidad, como pastor, el Buen Pastor, el Servidor de todos, su entrega hasta el final. Hoy en la diócesis, entre unos y otros, somos unos 160.000. Esta familia tiene necesidades de bienes para ayudar como el buen samaritano a los que pasan necesidad, aquí o fuera, mantener nuestros lugares de encuentro, de cabezas para renovar las comunidades con iniciativas y creatividad, de manos para trabajar, para hacer presente el Evangelio, y de pies para caminar con otros y no estancarse. Sin ti no hay presente.

Pero esta familia cuenta contigo porque hay futuro y esperanza para todos. Dios es nuestro futuro y quiere nuestro bien. La familia de la Iglesia, según el plan de Dios, está convocada y empujada por  Dios para llevar la alegría a los tristes, secar las lágrimas de los que lloran, la esperanza a los desamparados, el amor y el perdón a los que están heridos, el perdón a los que están enfrentados, la libertad a los que están esclavizados de sí mismos o a los bienes materiales; nos llama a ser personas de encuentro, de diálogo, abiertos a los demás. Contigo hay futuro.

Termino invitándote a vivir en la Iglesia, sufrir y amar la Iglesia, ser esta Iglesia de Palencia.

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