Somos una gran familia contigo

† Manuel Herrero Fernández, OSA

Queridos hermanos y hermanas: está cercano el Día de la Iglesia Diocesana, de nuestra Iglesia diocesana de Palencia.

Algunos no comprenden qué es la Iglesia diocesana. El Concilio Vaticano II dice que la diócesis es una porción del Pueblo de Dios que se confía a un obispo para que la apaciente con la colaboración de su presbiterio.

Queridos hermanos y hermanas: está cercano el Día de la Iglesia Diocesana, de nuestra Iglesia diocesana de Palencia.

Algunos no comprenden qué es la Iglesia diocesana. El Concilio Vaticano II dice que «la diócesis es una porción del Pueblo de Dios que se confía a un obispo para que la apaciente con la colaboración de su presbiterio. Así, unida a su pastor, que la reúne en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la eucaristía, constituye una Iglesia particular» (CD, n. 11). Dicho de otra manera menos técnica, quizás, es la familia de Dios aquí. Dios Padre, que nos ama tanto que nos ha entregado a su Hijo Jesús, nuestro hermano, y nos regala su Espíritu, su amor, su fuerza, su vida, nos ha hecho sus hijos y, por lo tanto, somos hermanos entre nosotros. Pero no podemos ni debemos cerrarnos: viviendo en la verdad y en el amor mutuo y fraterno, tenemos que atraer a otros para que experimenten felizmente con nosotros la alegría de sabernos familia.

Tú también eres miembro de esta familia. Como cada uno, tienes a Dios por Padre, y a la comunidad cristiana, a la Iglesia, por madre; a Jesucristo, el Hijo Primogénito de Dios, y a cada cristiano por hermano; al Espíritu Santo como si fuera la sangre común que nos da vida y nos hace vivir y nos vincula en el amor. Fuiste engendrado, como nosotros, en el seno de la Iglesia doméstica de tus padres; fuiste alumbrado en día del bautismo, día en que naciste a la vida de Dios; somos alimentados por la Palabra de Dios y la eucaristía; crecemos conociéndonos, ayudándonos, enseñándonos, pasando ratos de tertulia alegre juntos, perdonándonos unos y otros, etc. Tú tienes derecho a hacer oír tu voz y participar en la marcha de tu familia, saber qué se hace, saber con qué bienes se cuenta, cuánto entra, en qué se emplea, etc. Tú también tienes parte en la herencia común, Dios mismo, que nos abre su corazón como morada feliz eterna.

¿Cómo vivir más y mejor nuestro ser familia? Pregúntalo y actúa. Te sugiero que en estos días des gracias a Dios, a la Iglesia, a tus padres y padrinos, aunque hayan fallecido, a los sacerdotes, catequistas, a los demás cristianos que te han ayudado a creer y crecer. Que no te alejes de la Iglesia, tu familia. Que mires a los otros como hermanos. Que seas activo en la misma preguntándote qué puedes hacer por esta mi familia; que responsablemente colabores en lo que puedas, desde la oración hasta el servicio a los enfermos, ancianos, a los más necesitados y pobres de cerca y de lejos. Que no dejes de participar en la eucaristía de los domingos y estas, pues te echaríamos de menos y te perderías la alegría de encontrarnos como familia, comiendo y bebiendo en la mesa del Señor. Que colabores también económicamente, en la medida que puedas, a mantener nuestra familia y sus actividades, pues muchos lo pasan mal, y mantener nuestra casa –los templos–. Que invites a otros, una y otra vez y no te canses si te dicen varias veces que no, a participar en esta familia. No falles. Nos harías más pobres, te echaríamos de menos, estaríamos más tristes sin ti, y tú también serías más pobre, más triste y solo sin tu familia.

No lo olvides: «Somos una gran familia contigo».

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