Sin ti no hay presente. CONTIGO hay futuro.

† Carlos López Hernández

La recién concluida celebración del Mes Misionero Extraordinario ha renovado nuestro sentimiento de pertenencia a la Iglesia universal y de participación en su misión de anunciar del Evangelio entre todos los pueblos. Igualmente nos ha llamado a renovar la responsabilidad personal en la misión evangelizadora de la propia Iglesia diocesana.

La misión nace del don del Espíritu en el bautismo y constituye a los bautizados como discípulos misioneros. Todos los bautizados somos enviados a dar testimonio de Jesucristo con nuestra vida y con nuestro anuncio explícito. Por ello, el Mes Misionero de octubre ha sido la mejor preparación espiritual para el Día de la Iglesia Diocesana.

La parroquia es la presencia más cercana de la Iglesia entre nuestras casas y en cada espacio de vida social. Y somos incorporados a la Iglesia por el bautismo, recibido en una parroquia. Pero la parroquia es parte integrante de una diócesis; y el párroco es un colaborador del obispo, que continúa la misión de los apóstoles en la diócesis. Por ello, la incorporación a la parroquia lleva consigo la pertenencia a una diócesis. Y a través de la diócesis entramos en comunión con la Iglesia universal y con el Papa.

La diócesis es la comunidad eclesial necesaria para la misión de Jesucristo: para el anuncio de la Palabra de Dios, la celebración de los sacramentos y el cuidado pastoral de los fieles en la caridad. Y la participación en la misión de la Iglesia ha de realizarse en una diócesis, es decir, en comunión con un obispo, aunque de forma inmediata se realice en una parroquia. Por ello, la diócesis es la comunidad eclesial en la que se vive y manifiesta la comunión en la fe, los sacramentos y la guía apostólica.

En la diócesis tienen su lugar propio: el nacimiento y desarrollo de los diversos estados de vida cristiana; el ejercicio de los carismas del Espíritu y  de su desarrollo institucional en las diversas formas de vida consagrada; la comunión efectiva de los fieles en la caridad; Cáritas como institución para el testimonio de la caridad de los cristianos; la formación de los sacerdotes en el seminario y la comunión de los presbíteros en la misión y en la vida fraterna; la participación de los bautizados en la misión de la Iglesia, en la forma propia del apostolado laical; la comunión de las parroquias y otras comunidades en la misión y en la comunicación de sus medios humanos y materiales.

La gozosa experiencia de inserción personal en la comunión de salvación y misión de nuestra Iglesia diocesana nos hace asumir también con alegría la responsabilidad de contribuir con nuestras aportaciones económicas, que podemos realizar a través de la asignación tributaria y, de forma más directa, mediante donativos o cuotas periódicas, así como en la colecta a favor de   la Iglesia diocesana. Y una forma de colaboración de los fieles es también tomar parte en la administración de los bienes, a través de los consejos de economía de las parroquias y de la diócesis.

Con mi bendición.

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