Somos una gran familia contigo

† Agustí Cortés Soriano

Ignoro las circunstancias que ayudaron a decidir el nombre de Día de Germanor a la jornada anual, en la que todos somos llamados a dar nuestra contribución económica al sostenimiento de la propia Iglesia diocesana. Pero, sin duda, fue un acierto. Evidentemente la fraternidad cristiana es una realidad mucho más amplia que el dinero puesto en común. Pero no es menos cierto que entre la fraternidad y los bienes compartidos hay un vínculo necesario.

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Ignoro las circunstancias que ayudaron a decidir el nombre de Día de Germanor a la jornada anual, en la que todos somos llamados a dar nuestra contribución económica al sostenimiento de la propia Iglesia diocesana. Pero, sin duda, fue un acierto. Evidentemente la fraternidad cristiana es una realidad mucho más amplia que el dinero puesto en común. Pero no es menos cierto que entre la fraternidad y los bienes compartidos hay un vínculo necesario. La hermandad no acaba de ser auténtica si, de algún modo, no nos lleva a colaborar económicamente y compartir los bienes; como también, no quisiéramos contribuir económicamente o disfrutar de los bienes comunes, sin que ello estuviera motivado por un espíritu de fraternidad.

Esto se ve aún más claramente al considerar el lema que anima la campaña de este año: “Somos una gran familia contigo”. Ya sabemos que no podemos expresar adecuadamente el misterio que somos y tratamos de vivir. Pero elegimos de nuestro lenguaje y de la experiencia humana más valiosa aquellas palabras y conceptos que más se le aproximan. Así, hablamos de Dios Padre, Iglesia Madre, cristianos hermanos, etc. Toda la riqueza de la vida humana en familia nos sirve para expresar eso que somos o debemos de ser los cristianos.

La Iglesia somos una familia, la familia de los hijos de Dios, de los hermanos unidos por el mismo amor de Dios. En una familia hay miembros más débiles, por ejemplo, los hijos cuando son pequeños, que necesitan vivir de los bienes en común. Pero estos bienes existen porque miembros más fuertes los aportan con generosidad. Sin esos bienes comunes no puede existir la comunidad familiar. De hecho, una de las pruebas más claras de pertenencia y de amor es la aportación, hecha con gratuidad y generosidad, al conjunto de la vida familiar. Nos provoca una gran alegría ver un día que un hijo o una hija realiza una aportación espontánea y gratuita, por pequeña que sea, en trabajo o incluso materialmente, a favor de la comunidad familiar. Es un signo claro de responsabilidad, madurez y amor.

Eso mismo desearíamos para nuestra gran familia que es la Iglesia. Ejercer y testimoniar la fraternidad en el gesto concreto de la aportación al bien común. Más allá del motivo práctico de utilidad (el servicio que obtenemos de los bienes compartidos), queremos vivir en concreto nuestra condición de miembros responsables de la misma familia. No tenemos más que ser consecuentes con lo que somos por gracia: hijos de Dios, hermanos unos de otros, miembros de la misma familia.

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