Somos una gran familia contigo

† Agustí Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

 

La Iglesia, que esencialmente es una comunión universal de hermanos, recibe el nombre “gran familia”. Ella, en efecto, nos acoge, nos engendra a la fe y nos acerca los medios de gracia, nos acompaña, nos aporta los espacios materiales, las personas y comunidades concretas, las herramientas adecuadas para crecer, etc. 

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Dicen los estudios sociológicos que la familia es la institución más valorada de todas, particularmente entre la gente joven. No deja de ser sorprendente, dado el hecho de que, según otros estudios sociológicos y ante lo que vemos cada día, la familia está hoy sufriendo una profunda crisis.

¿Cómo explicar esta contradicción? Seguramente lo que se valora más de la familia sea lo que ella tiene de comunidad de vida, de presencia y atmósfera de vida en común. La familia, en este sentido, proporciona ayuda, acogida, seguridad, sensación de pertenencia, etc. A la vez aquello que más frecuentemente pone en crisis la familia sea el hecho de que la familia pide, para subsistir y hacer esta función de comunidad acogedora, un esfuerzo constante.  este esfuerzo viene exigido por la necesidad de que cada miembro, según la función propia, salga de él mismo y sirva a los otros. La familia no ayuda si cada uno no ayuda.

Esta ley inexorable de la vida familiar se traslada a toda realidad verdaderamente comunitaria. La Iglesia, que esencialmente es una comunión universal de hermanos, recibe el nombre “gran familia”. Ella, en efecto, nos acoge, nos engendra a la fe y nos acerca los medios de gracia, nos acompaña, nos aporta los espacios materiales, las personas y comunidades concretas, las herramientas adecuadas para crecer, etc. Pero también tenemos que aplicar en la Iglesia aquella ley inexorable: no podremos recibir la ayuda de la Iglesia sin la aportación generosa de cada uno de sus miembros.

La aportación de cada uno a la gran familia de la Iglesia puede ser de hecho muy rica y variada. Dando por supuesto que ningún miembro de la Iglesia puede ser meramente pasivo y que ya el esfuerzo personal por llevar adelante una auténtica vida de fe es aportación a la Iglesia universal, la colaboración visible que cada uno hace en favor de todos, va desde el amor sincero, pasando por la oración, el trato de ayuda al hermano, la dedicación de tiempo a servicios comunitarios, hasta la aportación económica para su sostenimiento.

La aportación económica al sostenimiento de la Iglesia es (o tiene que ser siempre) un signo de fe y de amor. Tiene que nacer de un sentido sincero de pertenencia a la gran familia. Incluso hemos de hacerla con un espíritu de agradecimiento por todo aquello que recibimos de Dios por medio de su Iglesia. En el fondo la aportación económica significa aquello que en el lenguaje tradicional denominamos “una ofrenda”: una ofrenda agradecida a Dios, depositada en las manos de su Iglesia.

Desde la Iglesia esta ofrenda contribuirá a consolidar y ensanchar la gran familia, para que otros puedan disfrutar de los mismos beneficios que nosotros. 

Con este llamamiento va el compromiso de transparencia y buena  administración de los bienes que son de todos y están al servicio de todos. También en este sentido vale la llamada a hacerlo todo con la confianza básica que caracteriza la vida de una verdadera familia.

Con agradecimiento sincero, que Dios os bendiga.

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