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† Agustí Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Los últimos años, al llegar el día en que recordamos nuestro compromiso de colaborar en el sostenimiento de nuestra Iglesia, nos fijamos en el hecho de formar entre todos los católicos una familia.

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Los últimos años, al llegar el día en que recordamos nuestro compromiso de colaborar en el sostenimiento de nuestra Iglesia, nos fijamos en el hecho de formar entre todos los católicos una familia.

La figura de la familia para expresar lo que es la Iglesia, resulta muy rica. No olvidemos, sin embargo, que la realidad de la familia hoy da una imagen bastante problemática, como hecho sociológico y como objeto de legislación. Podemos decir que, junto a la idea de familia que tenemos los cristianos, se ha producido una degradación y pérdida de su riqueza.

Sin embargo, usamos la imagen de la familia en sentido totalmente positivo. Como dice el Concilio Vaticano II, la familia es «comunidad de vida y de amor» e «Iglesia doméstica». Los vínculos de sangre y parentesco son apoyo de comunión y vida compartida en el sentido humano y cristiano, de comunión y vida en el Espíritu.

¿Alguien puede dudar de que la familia debe sostenerse sobre la base de la colaboración de todos sus miembros? ¿No es lo más propio de una familia la ayuda mutua y el compartir? Otra cuestión es que algunos vivan en la Iglesia, olvidándose de que pertenecen a ella como un hermano pertenece a la misma familia... Desgraciadamente esto ocurre también en familias reales, no solo en las simbólicas.

La cuestión se puede plantear de un modo «interesado». Decimos que la familia es un disfrute, sacamos un montón de ventajas (compañía, sostenimiento, soporte de vida, etc.). Pero la misma familia no puede aportar todos sus beneficios, si no es construida y sostenida por sus propios miembros. Es un poner en común lo que redunda en beneficio de todos.

Jesús quiso que fuéramos familia: «Estos son mi madre y mis hermanos» (Mt 12, 42); «Hijo aquí tienes a tu madre» (Jn 19, 26-27); «Ahora sois miembros de la familia de Dios» (Ef 2, 19). Precisamente en esta última cita de la Carta a los Efesios, la afirmación de que somos familia viene vinculada a la construcción entre todos del gran edificio de la Iglesia...

No podemos perder el gran signo de hermandad que es la aportación personal al sostenimiento de la comunidad y familia que entre todos formamos, animados por el Espíritu.

Nuestro sincero agradecimiento a todos los que hacen posible que vivamos la Iglesia como un hogar de familia. Lo hace el mismo Espíritu si le somos fieles.

Con afecto sincero.

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