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† Manuel Sánchez Monge

No nacemos a la vida en terreno de nadie, sino en un lugar concreto, en una familia concreta. Y eso marca nuestra vida entera. De alguna manera nuestra manera de pensar y de vivir hunde sus raíces en lo que aprendimos de pequeños en el seno de nuestra familia. Algo similar ocurre con nuestro nacimiento a la vida de hijos de Dios. Nacemos en el seno de la Iglesia, la gran Iglesia universal y la más pequeña Iglesia particular, la diócesis, y dentro de ella en una parroquia concreta. Todas ellas forman parte de la gran familia de los hijos de Dios. Cuando nos bautizaron estábamos rodeados de nuestros seres queridos y de nuestro párroco.

Si la Iglesia no fuese accesible a nosotros en un lugar, en comunidades y parroquias, nuestro ser cristiano sería abstracto. Pero, por providencia divina, la «familia eclesial» se hace presente para cada uno en su Iglesia diocesana, en la que recibe y pone en práctica la fe y el amor verdadero, que son universales, pero también muy concretos, como experimenta el cristiano en sus relaciones más cotidianas: amamos al prójimo con una «caridad» que viene de Dios mismo; pero sin este amor concreto al prójimo que vemos y tocamos, no podemos hablar del amor de Dios, a quien no vemos (1 Jn 4, 20). No despreciemos nunca nuestra historia particular, nuestra parroquia, nuestra diócesis. En ella y por medio de ella se nos ofrecen los valores y la sabiduría mayores, el amor más verdadero y la vida sin límites. Porque el más grande de todos, el Dios eterno, ha querido demostrar su poder haciéndose semejante a nosotros, habitando entre nosotros, para salvar y llenar de bien y de vida a los que somos pequeños, y tenemos incluso el corazón estrecho y endurecido.

Cuidemos esta familia diocesana como un gran tesoro, a nuestros hermanos y hermanas, a nuestros sacerdotes, a la vida consagrada, los templos, las tareas y las iniciativas comunes. En esta familia, humilde y grande a la vez, están encerradas las riquezas más decisivas de la vida. No nos espanten o escandalicen sus lí- mites, sepamos ver en ellas el tesoro del Evangelio que hacen presente allí donde se desenvuelve nuestra vida de cada día. Valoremos la belleza de nuestros templos, ermitas y santuarios. Pero, sobre todo, apreciemos la presencia del Señor Jesús, la promesa de vida, la esperanza que brota de vivir en su compañía, sin sentirnos solos, sino siendo miembros de su familia.

Son muy importantes las aportaciones económicas en el Día de la Iglesia Diocesana. Con ellas se contribuye, entre otras cosas, a realizar diferentes acciones pastorales y asistenciales en las parroquias, a la conservación de los edificios y a ayudar a sufragar los gastos en los seminarios.

Practicando el amor universal, que no conoce límites y que tiene entrañas de misericordia, daremos el mejor testimonio de que nuestra diócesis y nuestra parroquia son una auténtica familia de fe en la que Jesucristo es nuestro Hermano mayor, nuestro Maestro y nuestro Señor.

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