Somos una gran familia contigo

† Juan José Asenjo Pelegrina

La Iglesia es Cristo mismo que sigue predicando y enseñando, acogiendo a todos, perdonando los pecados, sanando y santificando. Es, como escribiera san Ireneo de Lyon en los nales del siglo II, la escalera de nuestra ascensión hacia Dios. 

 

Queridos hermanos y hermanas: escribo estas líneas en las vísperas del Día de la Iglesia Diocesana. Ocurre a veces que cuando tratamos de explicar el servicio de la Iglesia a la sociedad, muchos de nosotros, y también los medios de comunicación, nos quedamos en los aspectos más externos y visibles, especialmente en la ayuda de la Iglesia a los pobres, los marginados y cuantos sufren. Y qué duda cabe de que la diaconía de la caridad es uno de los tres flancos decisivos en la vida de la Iglesia, junto con el anuncio y la celebración de la fe. Si la Iglesia olvidara el servicio a los pobres no sería la Iglesia de Jesús.

Pero la Iglesia es mucho más. Es el sacramento de Jesucristo, la prolongación de Cristo en el tiempo y el ámbito natural de nuestro encuentro con Dios. La Iglesia es Cristo mismo que sigue predicando y enseñando, acogiendo a todos, perdonando los pecados, sanando y santificando. Es, como escribiera san Ireneo de Lyon en los nales del siglo II, la escalera de nuestra ascensión hacia Dios. Es el puente que salva la distancia entre el Cristo celestial, único mediador y salvador, y la humanidad peregrina. Siguiendo a san Cipriano de Cartago, podemos decir que es la madre que nos ha engedrado y que nos permite tener a Dios por Padre.

Al sentirla como madre, la sentimos también como nuestra propia familia, como el hogar cálido que nos acoge y acompaña, la mesa familiar en la que restauramos las fuerzas desgastadas y el manantial de agua purísima que nos purifica y nos renueva. Ella custodia la memoria viva de Jesucristo, nos sirve la Palabra de Dios y nos brinda los dones de la salvación, la vida divina, el pan de la Eucaristía y la mediación sacramental de los sacerdotes, a través de los cuales nos llega la gracia santificante. Ella propicia nuestra formación cristiana, nos enseña a orar, nos permite vivir y celebrar nuestra fe y nos impulsa al testimonio y al apostolado. Esto es lo decisivo en la vida de la Iglesia.

Lo que la Iglesia es para toda la humanidad, eso mismo es proporcionalmente la Iglesia particular. Por ello, invito a los fieles de nuestra Archidiócesis a vivir nuestra pertenencia ella con alegría y con inmensa gratitud al Señor. Gracias a ella podemos vivir nuestra vida cristiana alentados, acompañados y arropados por una auténtica comunidad de hermanos. Pero hemos de vivir también nuestra pertenencia a la Iglesia con responsabilidad, de manera que lo que la Iglesia es para nosotros lo sea también a través nuestro, es decir: puente, escalera, hogar fraterno, familia, mesa y manantial y, sobre todo, anuncio entusiasta de Jesucristo a nuestros hermanos con obras y palabras.

Que la Santísima Virgen de los Reyes, patrona de la Archidiócesis, nos ayude a fortalecer nuestra conciencia de familia, a amar con gratitud filial a nuestra Iglesia diocesana, a crecer en colaboración con ella y a valorar y sentir como algo muy nuestro todo lo que a la Archidiócesis se refiere.

Agradeciendo de antemano la generosidad de sacerdotes y fieles en la jornada de la Iglesia Diocesana, para todos mi abrazo fraterno, mi oración y bendición.

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