Somos la gran familia que tú nos ayudas a ser

† Atilano Rodríguez Martínez

La Iglesia, nacida en Pentecostés, recibe el encargo de su Señor de salir hasta los últimos rincones del mundo para anunciar y dar testimonio de su amor y de su salvación. Esta misión, por el sacramento del bautismo, es responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios, es decir, de los presbíteros, de los consagrados y de los fieles laicos. Cada uno, consciente de su vocación, es enviado por el Señor a ser discípulo misionero.

En esta salida misionera, la Iglesia, imitando a su Maestro, tiene que acercarse, acoger y acompañar a todos los seres humanos sin excepciones. Pero, de un modo especial, debe cuidar a los más necesitados, a los pobres y a los enfermos, a los despreciados y olvidados de la sociedad. En ellos se encarna especialmente el Señor y, desde ellos, nos invita a no cerrarnos sobre nosotros mismos, en nuestras costumbres y rutinas.

Ciertamente, tenemos que dar gracias a Dios porque son muchos los cristianos que asumen con gozo su responsabilidad pastoral en las actividades parroquiales, en el cuidado de la familia y en la transformación de las realidades laborales y sociales de acuerdo con los criterios evangélicos. Pero, ante todo, debe preocuparnos la situación de tantos hermanos que viven sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesús, así como sin el calor de una comunidad que les acoja y acompañe en la búsqueda de sentido para la vida. 

Al descubrir las dificultades para el anuncio del Evangelio, todos corremos la tentación de replegarnos sobre nosotros mismos, de encerrarnos en las estructuras eclesiales y en las costumbres religiosas donde nos sentimos tranquilos, olvidando que fuera de la Iglesia hay una multitud hambrienta de pan material y de orientación espiritual.

Para realizar esta ingente misión, la Iglesia, además de invitar a la participación activa y gozosa de cada bautizado, con la dedicación de su tiempo y de su oración para dar un nuevo impulso a la acción evangelizadora, necesita también la aportación económica de todos. Solo así será posible la atención de los pobres, el mantenimiento de los templos y la realización de las distintas actividades pastorales diocesanas y parroquiales.

La Iglesia del futuro, contando siempre con la acción del Espíritu Santo, será lo que cada bautizado esté dispuesto a aportar a la misma en dedicación, en tiempo y en ayuda material pues, como sucede en las relaciones familiares, es preciso que todos colaboremos a la solución de sus necesidades. Esto quiere decir que hemos de rechazar la tentación de una espiritualidad intimista e individualista, en la que se olvidan las exigencias de la caridad y la lógica de la encarnación en la vida del pueblo. 

Si queremos que la Iglesia continúe realizando su misión evangelizadora en el futuro, cada bautizado, valorando sus capacidades y dando gracias a Dios por los dones recibidos, tiene que descubrir la invitación a poner su persona, su tiempo y sus bienes al servicio de los hermanos, especialmente de los más necesitados.

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