El CÉNTIMO de la viuda.

† Antonio Gómez Cantero

Es conocido por todos nosotros el pasaje de la pobre viuda del Evangelio que echó en la ofrenda del templo todo lo que tenía, aunque fuera un céntimo. Y a los ojos de Jesús es la que más ofreció, pues los ricos echaron tan solo las migajas que les sobraban y además para quedar bien y ser bien vistos.

Ya desde el principio de la Iglesia, las primeras comunidades tuvieron que encargar a siete diáconos o servidores para que llevaran la economía de las comunidades y sobre todo para que atendieran las necesidades de los pobres, huérfanos y viudas que, al no existir la seguridad social, dependían de sus comunidades.

Es verdad que había comunidades con más posibilidades económicas que otras, y por eso debían estar atentas unas de otras para que a nadie le faltara lo necesario para vivir y para que el grupo de creyentes pudiese subsistir, ya que la predicación del Evangelio requería también el sustento de los apóstoles y de los que se dedicaban de lleno a la comunidad, así como lugares adecuados para encontrarse.

Las comunidades, a lo largo de los siglos, fueron cogiendo fuerza y en muchos casos enriqueciéndose con la aportación de sus propios fieles; así lo vemos en las grandes construcciones que aún persisten, gracias a nuestros antepasados creyentes. Si a unos cristianos les iban bien los negocios pronto hacían una buena iglesia para que la comunidad creyente de su pueblo pudiese vivir los sacramentos y todo tipo de celebraciones, con mayor dignidad y acomodados a los gustos arquitectónicos de la época.

Ahora el dinero llega a nuestras comunidades de tres maneras: primero por medio de las colectas que se hacen en nuestras celebraciones (también de los lampadarios y de la ofrenda o estipendio por los sacramentos). Segundo, por los donativos que se entregan en la parroquia o en el obispado, algunos de ellos fijos al mes o al año. Y tercero, por la asignación tributaria, cuando ponemos la “X” en nuestra declaración de la renta. Esta tercera modalidad es el Estado el encargado de recaudarlo y de devolvérselo luego a la Iglesia. Pero esto puede cambiar a petición de algunos partidos, como ya pasa en algunos estados europeos. Entonces nosotros nos deberíamos responsabilizar, como los primeros cristianos, de recoger y repartir las ofrendas voluntarias de nuestra economía. Y quizás no va a ser fácil, en un principio.

Por eso ahora nos toca organizarnos por parroquias con la mayor seriedad posible. De la misma manera que comprometernos a dar una cuota en el obispado para poder sostener nuestra Iglesia diocesana. Imaginaos las dificultades que tenemos ya hoy en día para arreglar nuestros templos. Gracias a las aportaciones de las instituciones civiles, véase ayuntamientos, diputación, gobierno autonómico, cajas bancarias, alguna empresa privada, que nos echan una mano, ya que ellos saben que su dinero es parte también de nuestros impuestos y que nuestros templos es lo único que queda de valor artístico, y por tanto de motor turístico, en muchos de nuestros pueblos.

Por otra parte, todos los bautizados, que formáis la comunidad cristiana, debéis exigir que haya en vuestra parroquia, como lo manda el derecho canónico, un consejo de economía que examine las posibilidades económicas de cada comunidad y sea el gestor de nuevas iniciativas. El dinero no debe estar en manos de los curas; les haréis un gran favor, pues es tarea de todos. ¡Ánimo y adelante!

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