Somos una gran familia contigo

† Joan-Enric Vives Sicilia

La Iglesia vive para evangelizar y difundir el amor misericordioso de Dios. Desde Jerusalén, Tierra Santa de Jesús, se fue ensanchando la acción misionera de los doce apóstoles y los otros discípulos, y la familia eclesial fue creciendo y organizándose, según el Espíritu iba indicando. Una experiencia de “familia” de Dios iba haciéndose fuerte y atrayente. Y hoy se extiende por los cinco continentes.

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Para hacer llegar su Evangelio de Amor y Misericordia, Jesús quiso reunir en torno suyo un grupo de discípulos, ya desde los comienzos en Galilea. Y ese núcleo inicial con un estilo misionero nuevo y exigente de vida (cf. Mt 10, 1ss.) inició la Iglesia, que propiamente nació en la cruz y en el cenáculo. El Espíritu de Pentecostés envió a los discípulos de Jesús por todo el mundo, para difundir la salvación y convertir todos los pueblos a la fe. Eran una “asamblea” de creyentes (que eso significa iglesia), que lo tenían todo en común, vivían unidos, anunciaban con alegría la resurrección de Cristo y se amaban. Fueron valientes y nada los detenía, ni las persecuciones ni el martirio. Una nueva manera de vivir, con esperanza y fe, con caridad ardiente, se iba abriendo paso, y la misión todavía continúa. Será este testimonio de las comunidades cristianas lo que irá atrayendo y añadiendo nuevos creyentes, porque el Señor sostiene y da crecimiento a la Iglesia por su Espíritu de Amor.

La Iglesia vive, por tanto, para evangelizar y difundir el amor misericordioso de Dios. Desde Jerusalén, Tierra Santa de Jesús, se fue ensanchando la acción misionera de los doce apóstoles y los otros discípulos, y la familia eclesial fue creciendo y organizándose, según el Espíritu iba indicando. Una experiencia de “familia” de Dios iba haciéndose fuerte y atrayente. Y hoy se extiende por los cinco continentes. En las parroquias y comunidades cristianas todos tenemos nuestro lugar. También tú que has recibido el bautismo que la Madre Iglesia te confirió. Dios, a través de la comunidad eclesial, nos va formando y acompañando a lo largo de la vida y en todas las circunstancias de nuestro vivir. Es “nuestra” Iglesia, nuestra parroquia. Es necesario que la amemos, porque es nuestra familia más grande, la que supera a la de la carne y los parientes. Los cristianos nos llamamos “hermanos” y lo somos, ya que tenemos un mismo Padre misericordioso que nos ha creado por amor, nos ha llamado a la fe, nos mantiene y acompaña siempre, y nos quiere recibir en su Reino eterno de vida y de paz.

Os invito a amar y valorar las comunidades cristianas que son también nuestra familia y a sentirnos responsables en todos los sentidos. Si yo no participo activamente y aporto, si tú no lo haces, la comunidad se resiente, se debilita. Es necesario transmitirlo a los jóvenes. Conviene que todos nos sintamos responsables de la marcha de la parroquia y de la diócesis, a todos los niveles. En el orden de la oración y la eucaristía dominical, los sacramentos y la catequesis, la caridad y los servicios parroquiales, la ayuda a los pobres de cerca y de lejos. Pero también en la economía necesaria para poder subsistir y salir adelante, para poder ayudar a los más necesitados que nos lo reclaman y mantener los templos y el patrimonio cultural tan amplio que las generaciones anteriores nos han legado. ¡Ayuda a tu comunidad!, ya que es también tu familia. Sin ti, faltaría alguien necesario e importante. Participa activamente en la Jornada de la Iglesia Diocesana y la colecta de “Germanor”, y sé generoso, pues “Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7).

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