Impedir que la asistencia espiritual de los enfermos terminales sea un derecho efectivo se ha convertido en algo “debatible” en la controversia política de estos últimos meses. No es un caso aislado.h

Un informe del Observatorio sobre Intolerancia y Discriminación a los cristianos en Europa ha documentado más de 500 casos de acciones contra cristianos en su vida ordinaria entre 2016 y 2017. Este mismo Observatorio presentó en 2013 una ponencia para la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa que corroboraba cómo más de 40 leyes eran directamente lesivas para los cristianos. Apenas se escuchan ya los ecos de los artículos 14 y 16 de la Constitución, en los que se garantizan la igualdad y la libertad religiosa. Tampoco la adhesión a la Declaración Universal de los Derechos Humanosa la que la Constitución se adhiere enel artículo décimo. Esta Declaración garantiza “la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”. ¿Qué papel le queda entonces al cristiano en la sociedad actual?

Defender, promover, vivir, cada uno desde la posición que ocupa en el mundo, los principios y libertades, los derechos que entre todos nos hemos dado y reconocido democráticamente. Porque es tarea de todos que esos derechos sean plenamente efectivos y no queden en el olvido. Debemos defender la libertad de conciencia, que garantiza la objeción  de conciencia entre otras. Por supuesto, que nadie lesione nuestra libertad de expresión, que tiene su límite en el respeto a la dignidad de los demás. Defendamos la libertad de reunión y asociación, que garantizan tolerancia a todo tipo de manifestaciones públicas (por supuesto, también la calle puede acoger actos y acciones de índole religiosa).

Hay que promover políticas de igualdad, que respetan la identidad de cada institución. Defendamos, asimismo, el derecho de los padres respecto a la educación de sus hijos, que tan explícitamente recoge el artículo 27.3 de la Constitución, y que, con determinados planteamientos institucionales parece quedar en el olvido. Y, finalmente, promovamos el derecho a una muerte digna, pero bien entendida y no politizada: que permita morir de forma natural, con el cuidado necesario, sin dolor en el cuerpo y con paz en el alma, con asistencia religiosa si así lo solicita el paciente o su familia. Son principios y libertades básicos y fundamentales, pero que, en no pocas ocasiones, quedan en un segundo plano. Los cristianos tenemos nuestro espacio en la sociedad, y, como ciudadanos, debemos hacer valer nuestros derechos como tales. Está en nuestra mano.

Chema Martínez-Priego

CEO de Rommel & Montgomery

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