El patrimonio cultural de la Iglesia es, indudablemente, un tema de actualidad, por diversos motivos: su conservación, las exposiciones culturales, la propiedad, el uso común, el turismo cultural…

Prácticamente todo el mundo coincide en la importancia y en la repercusión que este patrimonio tiene en la sociedad, tanto en el pasado como en el presente. Sin embargo, no todos entienden de la misma manera en qué consiste su impronta, esa huella indeleble que deja entre nosotros. Para comprenderlo creo que es necesario entender el origen de estas expresiones artísticas. El cristianismo nace en el territorio de la actual Palestina, dentro del ambiente cultural judío que prohibía las representaciones de lo divino. En este contexto, se desarrolló dentro de la cultura grecorromana, plagada de imágenes. La misma presencia de Cristo, el hecho de que Dios se hiciera visible, permitió, dentro del ambiente de la cultura clásica, la representación del que hasta entonces era invisible e infinito.

Poco a poco la sociedad de aquel momento se dio cuenta de que las imágenes eran expresión viva de la fe, creada por el pueblo para transmitirla y celebrarla; de modo que san Gregorio Magno, en el siglo V, las llamó “la Biblia de los pobres”; y san Juan Damasceno, en el siglo VIII, justificó su uso, porque al rezar ante un icono su alma se elevaba hasta la realidad superior que representaba. Por tanto, el patrimonio cultural de la Iglesia (documental, bibliográfico y artístico) fue creado con una finalidad concreta: la transmisión de la fe a través de las enseñanzas catequéticas y de las celebraciones cultuales.

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Esta es la razón de ser de este patrimonio, y el motivo último por el que hay que conservarlo. Conservarlo, sí, pero también ampliarlo con nuevas formas de expresión, adaptadas al mundo actual. Hoy en día se habla mucho del impacto económico de este patrimonio, tanto material como inmaterial: celebraciones como Navidad, Semana Santa, las fiestas populares, las peregrinaciones, etc. No le falta razón a quien argumenta su importancia dentro de la economía de nuestro país. No obstante, hay impactos mayores que el puramente material. En primer lugar, la riqueza cultural de la Iglesia ayuda al pueblo a vincularse con su pasado, a no perder las raíces que le ayudarán a enfocar debidamente su futuro. Por otro lado, la función educativa y celebrativa de la que hablaba anteriormente sigue vigente. El patrimonio de la Iglesia tiene que seguir anunciando y celebrando el Misterio de Cristo, porque para eso fue creado.

Musealizar un bien cultural de la Iglesia, como si de un objeto arqueológico se tratara, limitándose a estudiar la autoría, estilo y valor en el mercado, vaciándolo de contenido religioso, debería ser tan escandaloso como los conocidos casos en que encontramos una obra repintada, anulando así su valor estético. El valor del patrimonio de la Iglesia es inmenso, e indudablemente cuesta mucho esfuerzo mantenerlo. Pero renta mucho para nuestra economía (por lo menos eso dicen los expertos). Aunque lo más importante es que, siglos después, sigue ayudando al hombre a encontrarse consigo mismo, con sus hermanos y con Dios, debiendo ser este su principal impacto en la sociedad.

Pablo Delclaux

Director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Patrimonio Cultural de la Conferencia Episcopal Española

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