Somos una gran familia contigo

† Antonio Cañizares Llovera

Queridos hermanos de esta Iglesia que peregrina en la diócesis de Valencia. Me alegra sobremanera deciros, de todo corazón, con gozo y agradecimiento a Dios y a cada uno de vosotros, que nuestra diócesis valenciana, de la que somos parte todos nosotros, como madre que es, como familia que somos, sobresale en muchas cosas por pura gracia de Dios.

Queridos hermanos de esta Iglesia que peregrina en la diócesis de Valencia.

Me alegra sobremanera deciros, de todo corazón, con gozo y agradecimiento a Dios y a cada uno de vosotros, que nuestra diócesis valenciana, de la que somos parte todos nosotros, como madre que es, como familia que somos, sobresale en muchas cosas por pura gracia de Dios.

Y ahora os digo y añado: sobresalid también y «distinguíos igualmente por vuestra generosidad», como les exhortaba el apóstol Pablo a los fieles de Corinto (2 Cor 8, 7). Sé que vuestra generosidad es grande. La demostráis constantemente en la solidaridad con que vivís y la hacéis patente en vuestra aportación a las misiones, a Cáritas, a Manos Unidas, al seminario, o asignando parte de vuestros tributos a la ayuda de la Iglesia, o acogiendo a inmigrantes y refugiados. Incluso en esto ocupáis un puesto relevante en el conjunto de las otras Iglesias. Vuestra generosidad es motivo para que demos gracias a Dios, que os ha concedido el don de saber dar y de gozaros en el dar.

En este «Día de la Iglesia Diocesana», este año, apelando a vuestra fe y a vuestra caridad probada, sintiendo de verdad que somos y pertenecemos a esta familia que es la diócesis, nuestra familia, os pido que también la ayudéis económicamente, que ofrezcáis vuestro dinero –el que podáis– para sustentar a la familia y a la casa en que vivimos como fieles cristianos: la diócesis de Valencia en la que se hace presente la Iglesia de Cristo y conocemos, seguimos y vivimos en Jesucristo, que es el tesoro escondido mayor, que vale más que todo el dinero del mundo, al que no se puede comparar ninguna otra riqueza, del que nos vienen todos los bienes y bendiciones a cada uno.

Todos tenemos el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para atender las tareas de la evangelización, para el culto divino y para las obras apostólicas y de caridad, así como para el conveniente sustento de los ministros y el cumplimiento de sus obligaciones con otras personas e instituciones que sirven a la Iglesia o, desde ella, a la sociedad.

La Iglesia diocesana necesita de vuestra ayuda económica para llevar a cabo su misión evangelizadora. Necesitamos vuestra ayuda para el seminario, para reparar templos, para construir casas parroquiales, para que los sacerdotes puedan tener un sustento digno y justo –no tan precario como en los momentos actuales–, para tantas cosas.

Siempre a los obispos y a los sacerdotes nos cuesta hacer esta petición. Pero debemos hacerla, como lo hacía san Pablo, sin ningún complejo; por servicio a vosotros y a la familia que somos –la Iglesia diocesana–, debemos apelar a vuestra conciencia de miembros e hijos de la Iglesia, parte de la familia que somos en ella y con ella. La Iglesia es de todos y para todos. Y debemos colaborar en ella y con ella. También económicamente. Nuestro deber de hijos y hermanos es «ayudar a la Iglesia en sus necesidades», que sobre todo son las de los pobres y los sufridos, que reclaman nuestro amor y misericordia efectiva.

Es necesario que progresemos y sobresalgamos en esta conciencia y en este amor. A la Iglesia debemos mantenerla nosotros. Que cada uno dé conforme a sus posibilidades. No menos. Muchas gracias, una vez más, a todos. Que Dios os lo pague y que os bendiga copiosamente con toda suerte de bienes. Con gran cariño a todos, especialmente a los más pobres, predilectos del Señor, vuestro obispo.

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