Somos una gran familia contigo

† Gerardo Melgar Viciosa

Obispo Prior de Ciudad Real

Queridos diocesanos: una familia es el lugar donde se nace, se crece y se madura para un día poder colaborar y no solo recibir de ella, sino también dar de nuestra parte, aquello que la familia puede necesitar: nuestra colaboración económica. A ella le entregamos todo o parte de nuestro sueldo, para que la familia pueda funcionar y asumir todos los gastos que son necesarios para sacar una familia adelante; nuestro amor y nuestro cariño, porque la familia es muy importante para que el resto de sus miembros se sientan a gusto. El resto de la familia necesita de nuestro amor, necesita saber que los demás que formamos esa familia nos queremos, nos apoyamos y estamos pendientes los unos de los otros en los momentos de dificultad y les demostramos que estamos ahí cuando el resto de la familia nos necesita para cualquier cosa.

Queridos diocesanos: una familia es el lugar donde se nace, se crece y se madura para un día poder colaborar y no solo recibir de ella, sino también dar de nuestra parte, aquello que la familia puede necesitar: nuestra colaboración económica. A ella le entregamos todo o parte de nuestro sueldo, para que la familia pueda funcionar y asumir todos los gastos que son necesarios para sacar una familia adelante; nuestro amor y nuestro cariño, porque la familia es muy importante para que el resto de sus miembros se sientan a gusto. El resto de la familia necesita de nuestro amor, necesita saber que los demás que formamos esa familia nos queremos, nos apoyamos y estamos pendientes los unos de los otros en los momentos de dificultad y les demostramos que estamos ahí cuando el resto de la familia nos necesita para cualquier cosa.

Todos los bautizados somos hijos de un mismo Padre y hermanos entre nosotros. Todos somos una familia contigo, la «gran familia» de los hijos de Dios, que es la Iglesia.

En ella nacemos a la fe en el bautismo, nos encontramos con una comunidad que cuida de nosotros, que nos forma, que nos trasmite la fe en Aquel que tanto nos amó que dio su vida por nosotros. En ella nos alimentamos para crecer en la fe por medio de los sacramentos y del contacto directo y permanente con el Señor. En ella encontramos siempre apoyo cuando tenemos problemas, y siempre está ahí para que superemos los momentos de crisis en la fe por los que podemos pasar; pone a nuestro servicio todo lo necesario para que vayamos, día a día, madurando como creyentes y seamos cada día miembros más auténticos y vivos de esa «gran familia», que es la Iglesia.

En esta «gran familia», en la que recibimos todo cuanto necesitamos, llega un momento, lo mismo que en la familia de sangre, en el que hemos de sentirnos en la obligación de aportar, de dar algo de nosotros mismos para que la familia entera funcione, de verdad, como tal.

Hemos de poner al servicio de la misma nuestros medios económicos, para que ella, la «gran familia», pueda realmente hacer frente a tantos gastos como supone todo su funcionamiento, porque son muchas las personas, que están a nuestro servicio, muchos los medios y proyectos que en esta «gran familia» se desarrollan para bien de todos, porque todos ellos suponen gastos y se realizan con medios económicos.

En ella, lo mismo que en la de sangre, es muy importante que todos nos sintamos queridos y que a la vez nosotros amemos al conjunto de la familia y estemos siempre a su servicio para lo que necesiten los demás. Es muy importante que pongamos siempre al servicio de la misión de la misma nuestra cualidades y capacidades, con las que pueda contar para desarrollar su misión como familia.

Solo si consideramos a la Iglesia nuestra propia familia, si la amamos de verdad, si entre nosotros existe este espíritu de colaboración y de servicio, estaremos siendo protagonistas de una Iglesia viva, en su desarrollo y en su maduración como tal familia, porque encuentra en cada uno de nosotros la aportación necesaria para cumplir con su misión.

Con mi bendición.

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